jueves, 15 de marzo de 2012

Un discurso ideal

Aquí tenéis un fragmento de una historia que escribí y reescribí cuando estaba en bachillerato (2002-2004). La primera parte se llamaba Tres brujos y un diario (título que ahora aborrezco, la verdad) y, antes de reescribir el comienzo de esta historia, redacté una segunda parte que dudo mucho que vaya a reescribir por completo algún día. Este discurso, que he mejorado por supuesto, pertenece al final del segundo volumen y refleja mi "obsesión" por hacer de este mundo un lugar mejor a través de la educación y no de la magia o de la violencia. Espero que os guste un poquito al menos.


Los emperadores de la comunidad mágica estaban sentados frente a las tres familias y sus futuros nueras y yerno, preparados para escuchar el último discurso antes de la coronación.
    —Si no me equivoco, Christian, Julian y Erika ya os han puesto al corriente de lo que significa vuestra unión con ellos y vuestro papel en la comunidad mágica a partir de esta tarde —ellos asintieron—. Sabed que es un trabajo vocacional, muy bonito e interesante en mi opinión, pero que consume mucho tiempo. Tendréis vacaciones, por supuesto, si no Chris y Julian habrían renunciado hace tiempo —Edeline y Arwen sonrieron de complicidad—, pero tened en cuenta que vuestra intimidad desaparecerá prácticamente, puesto que seréis personas públicas. Afortunadamente, aquí no existe la prensa rosa, por lo que podéis estar tranquilos. Los magos y brujas de todo el planeta entienden muy bien que nos merecemos cierta privacidad, sobre todo con lo que se refiere a asuntos personales no relacionados con nuestro trabajo. Tienen derecho a opinar sobre todo lo que hacemos y decidimos a nivel laboral, pero en general está mal visto criticarnos sobre cuestiones íntimas. Nos tratan con mucho respeto y eso es algo por lo que siempre les estaremos agradecidos, ¿verdad, Donald? —su marido asintió—. Procurad olvidar cualquier prejuicio sobre las familias reales humanas porque nuestra familia funciona de una manera muy distinta. Sí, vivimos en un palacio, llevamos coronas y nos tratan de majestad y alteza, pero eso no son más que tradiciones que hemos heredado de nuestros antepasados y que hemos conservado porque tanto a nosotros como a la comunidad mágica nos parece bien conservarlas. Si un día la mayoría de magos y brujas decidieran que debemos renunciar a esas tradiciones, nosotros tendríamos que acatar sus preferencias. Aunque algunos se empeñan en considerarse súbditos nuestros (Luna, por ejemplo), somos nosotros quienes estamos al servicio de la comunidad y siempre respetaremos las decisiones que tomen. Sobre cómo opinan y cómo funciona exactamente nuestro sistema político, ya os lo explicaremos más adelante cuando empiece vuestra formación.
» Asimismo, sabed que a pesar de la ceremonia de esta tarde, no perderéis el derecho a renunciar al puesto de trabajo. De hecho, si primero queréis estudiar en la universidad lo que siempre habíais soñado estudiar, podréis hacerlo libremente, abajo o aquí arriba, como más prefiráis. Donald y yo lo hicimos y probablemente nuestros hijos sigan los mismos pasos. Puede que os sorprenda, pero, además de emperatriz, soy médico y pediatra según la Universidad de Harvard —bromeó para relajarles un poco—. Una vez terminéis los estudios y estéis dispuestos a entregaros a vuestro trabajo, si es que queréis echarnos una mano, os pediremos que os trasladéis a palacio para facilitar las cosas. Hasta entonces, podréis residir en casa de vuestros padres, aquí o donde queráis. En cuanto al matrimonio, una palabra que seguro que os causa impresión a vuestra edad, no os preocupéis, tendréis libertad para celebrarlo cuando lo decidáis vosotros mismos a partir de los dieciocho años, nadie os va a presionar en ese aspecto. Sé que parece mentira que teniendo en cuenta la ceremonia que vamos a celebrar en breve, tengáis la oportunidad de renunciar a todo, pero creedme, es verdad. Supongo que la tradición de incorporar a la familia a los futuros miembros antes de que se casen se mantiene porque existe la leyenda de que la emperatriz y sus descendientes nunca se equivocan cuando eligen a su pareja y que, una vez se enamoran, la elección es definitiva.
—¿Pero no es una leyenda, verdad? —intervino Edeline sin miedo—. Erika me contó una vez que sólo el futuro emperador puede hacer aparecer la espada que los humanos conocemos como Excalibur y eso ocurrió en vuestro caso, ¿no?
—Sí, tienes razón, Edeline, pero la espada no aparece sólo porque el futuro emperador lo desee. De hecho, llevaba siglos sin aparecer hasta que Donald la conjuró en un momento muy delicado en la que la vida de muchas personas estaba en juego.
—No la conjuré, vino a mi rescate y nos salvó de esos dichosos monstruos.
—La llamaste inconscientemente, cariño, porque decidiste cometer una locura por amor —y la emperatriz le cogió la mano para acariciarla porque aquél no era el mejor momento para darle un beso de eterno agradecimiento.
—Bueno, apareció un rato y luego me dejó colgado cuando ella misma consideró que había terminado su trabajo. Ya no la hemos vuelto a ver desde entonces. A saber si andará por Avalon o en alguna otra parte del universo —contestó el emperador con una sonrisa pícara.
—El caso es que no tenéis que preocuparos por los sentimientos, porque estoy convencida de que mis hijos os aman y de que vosotros los amáis a ellos como a nadie en el mundo —Edeline, Arwen y Derek volvieron a asentir con convicción—. Si un día decidís que el trabajo no os convence, podréis apostatar sin tener que renunciar a vuestra relación ni al título familiar. Seguiréis perteneciendo a la familia y a la comunidad mágica (nadie os retirará los poderes) por derecho propio, salvo que cometáis algún crimen, lo cual no esperamos que ocurra porque ningún mago o bruja lo ha hecho en varios siglos. Hasta aquí, ¿tenéis alguna duda?
—Por ahora no —contestó Arwen en nombre de los tres.
—Yo sí tengo una pregunta —interrumpió el padre de Derek.
—Dígame, señor Beck, ¿o puedo llamarle Robert? Al final y al cabo, pronto seremos como familiares.
—Como usted desee.
—Le trataré con la misma cortesía con la que usted ha elegido tratarme pues. Espero que no tardemos mucho en llamarnos por nuestros nombres de pila. En fin, ¿cuál era su pregunta?
—Gracias… Sólo quiero saber una cosa. ¿Por qué suena tan ideal todo lo que cuenta? En tierra firme, no creemos en la perfección, pero tal y como describe su mundo, parece el paraíso. ¿Dónde están los inconvenientes? —Adriana sonrió con amabilidad.
—Aureus no es ni mucho menos el paraíso y si nuestro mundo le parece perfecto, que no lo es, no se preocupe, es porque hace siglos que todos los magos y brujas ponen de su parte para hacer posible la convivencia. Somos una raza un poco distinta a los seres humanos, ya lo entenderá poco a poco. ¿No se ha preguntado por qué vivimos en las nubes en lugar de hacerlo en tierra firme como usted ha dicho? Hace mucho tiempo compartíamos los continentes con la raza humana hasta que mi bisabuela decidió que era mejor desaparecer de la faz de la tierra y cortar toda relación pública con la humanidad, y así ha ocurrido progresivamente. ¿Cuántos humanos quedan en el siglo XXI que crean de verdad en la magia? Apenas un puñado, lo cual es una pena en mi humilde opinión.
—¿Y por qué su pariente tomó semejante decisión? —preguntó la señora Beck.
—Me gustaría discutir a fondo esta cuestión (de hecho, existe una verdadera corriente de pensamiento sobre este punto entre los magus), pero hoy no tenemos mucho tiempo para debates filosóficos, así que permítame darle una respuesta breve —la emperatriz continuó tan pronto como la mujer aceptó su argumento—. Yo me planteé la misma pregunta cuando descubrí quién era en realidad. Tengan en cuenta que yo no supe de la existencia de la comunidad mágica hasta los quince años y viví con mis padres humanos hasta la mayoría de edad. Al convertirme en la princesa y posteriormente en la emperatriz, comprendí por qué no existe una solución perfecta y por qué no puedo arreglar los problemas de la humanidad con la magia invencible que muchos me atribuyen. Ningún mago o bruja puede solucionar un problema ajeno que sólo desaparecerá el día en que los seres humanos se lo propongan por unanimidad. Ese problema del que hablo es, de hecho, un conjunto de malos vicios. Me refiero a la ignorancia, la cobardía, la avaricia y la psicopatía entre otras cosas. Ese problema, que es de los humanos sobre todo, también nos afecta a los magus. Mi bisabuela decidió alejar la comunidad mágica de tierra firme para protegernos, a nosotros y a los humanos que sufrían por culpa de nuestra existencia pública. ¿Saben cuántas personas inocentes fueron acusadas de brujería y aniquiladas durante la Edad Media? Miles, desgraciadamente. Además, hoy en día, no podemos permitir que ciertos individuos descubran que la magia existe de verdad porque imagínense que tiranos como los que gobiernan algunos países a la fuerza bruta consiguieran la suficiente información para chantajearnos u obtener un poder que les facilitaría cometer aún más crímenes. Ni yo ni nadie está dispuesto a poner en peligro a la comunidad y a aquellas personas que disfrutan de un poco de libertad. De hecho, como yo me crié entre humanos, no he sabido aceptar del todo la misma excusa que le estoy dando ahora y por eso hice todo lo posible por convencer a mis consejeras y al resto de magos para intervenir en los problemas de la humanidad de la manera más prudente posible. Aunque me duele mucho admitir que no tengo el poder para arreglarlo todo con un chasquido de dedos, me contento con saber que entre yo y otros magos de mi misma opinión hacemos lo que podemos para aliviar el tormento en el que viven algunos colectivos. Y esa es una idea que tendréis que asimilar vosotros también. La magia no os ayudará a salvar el mundo del mal que nos rodea —añadió dirigiéndose a los tres jóvenes.
—Ya sé que es una locura intentar salvar el mundo, Adriana —volvió a intervenir Edeline—, pero ¿de verdad no se podría hacer algo más? Esos tiranos que has mencionado, no es que yo esté a favor de la pena de muerte, porque no lo estoy, pero si desaparecieran, quizás…
—Si desaparecieran porque pongamos que los arrestamos y los trasladamos a una cárcel de máxima seguridad, otros les sustituirían y todo seguiría igual, porque la gente que disfruta haciendo daño a los demás no dejará de existir nunca. La única forma de luchar contra estos individuos detestables es que la humanidad supere el miedo a enfrentarse a ellos. Esa es una de las diferencias entre los magus y los humanos. Cada mago y bruja del planeta está dispuesto a defender el bien común al precio que haga falta, por eso nunca hemos tenido tiranos. Además, tenemos más facilidad para entender las consecuencias negativas a largo plazo, quizás porque vivimos muchos más años. En cambio, los seres humanos tienen ese instinto de la supervivencia del individuo y del colectivo más cercano, como la familia y los amigos, que desafortunadamente no les permite acogerse a sus principios morales en la peor de las situaciones y se rinden al miedo pensando que las cosas ya se arreglarán con el tiempo. Hay muchos estudios que lo demuestran y no hablo de estudios llevados a cabo por científicos magus. En mi opinión, sólo hay una forma de combatir ese pequeño defecto de la humanidad.
«La educación» pensó alguien.
—Así es, señora Howard. La educación es la clave. Usted que es profesora lo comprenderá mejor que nadie —le respondió para sorpresa de todos los que no habían oído a la madre de Arwen.
—¿Cómo ha sabido lo que pensaba? —preguntó la mujer sin poder evitarlo.
—Disculpe la intromisión. Procuro no leer la mente de la gente por respeto a su intimidad, pero ha pensado la respuesta con tanta fuerza que no he podido resistirme. Era como si quisiera chillar en silencio y ha resonado en mi cabeza.
—No se preocupe… Tiene razón al fin y al cabo. Llevo muchos años intentando convencer a mis alumnos y colegas de que la educación es la solución que ningún político propone, pero es frustante ver cómo la gente no lo entiende.
—Sí, la comprendo perfectamente. Para colmo, los tiranos saben tan bien como usted y como yo que la educación es un arma muy potente y por eso procuran no potenciarla e inventan cada día nuevos métodos para manipular a los más desfavorecidos.
—¿Y ahí no podemos hacer nada tampoco?´—volvió a intervenir Edeline.
—Sí, ahí sí que podemos hacer algo. Hay muchos magus cuya pasión por la naturaleza humana es tan grande que un día decidieron arriesgarse a vivir en tierra firme y ahora se ocupan de transmitir diariamente sus ideas. Algunos son profesores en escuelas e institutos, otros trabajan en ONG y unos pocos se han infiltrado en partidos políticos, pero evidentemente no pueden subir de rango porque los de arriba no se lo permitirán nunca. Ten —dijo la emperatriz haciendo aparecer un libro de la biblioteca del palacio cuyo contenido había releído cientos de veces—, si te interesa tanto este tema, este libro te gustará. Es de un profesor de la universidad de Ciudad Platina* al que tengo en gran estima.
Edeline echó una ojeada rápida a la contraportada y leyó de pasada algunos detalles sobre el autor.
—¿Existen estudios universitarios sobre la raza humana?
—Sí, así es. Los alumnos de esa disciplina estudian historia universal, derecho, sociología, etcétera.
—Entonces, creo que ya sé qué quiero estudiar después del instituto. Gracias, Adriana —ella le sonrió cariñosamente.
—En fin, creo que no nos queda mucho tiempo. Sólo deciros que, aunque es una ceremonia importante para la comunidad mágica, no debéis poneros nerviosos. Es una ceremonia sencilla, por eso no ha habido ensayo que valga. A las cuatro, después de almorzar, os daremos algunas instrucciones y punto. Mi cuñada, la esposa del hermano de Donald, se ha ofrecido a ayudaros con el vestuario, así que acudiréis con ella para arreglaros. Dejadlo en sus manos porque es toda una profesional de la belleza. Y no sé si me olvido de algo…
—Después de la ceremonia, cariño —le recordó el emperador.
—¡Es verdad! Gracias, Donald. Después de la ceremonia, tendréis media hora para respirar y luego saldremos todos a dar un paseo por Aureus. Durante la semana próxima, además, visitaremos cada una de las ciudades para presentaros a todos los magus. Vuestros padres podrán acompañaros si así lo desean. Será como ir de turismo en familia.
—¿Y ya podrán alojarnos a todos? —quiso saber la señora Wenberger.
—El espacio no será un problema, las embajadas suelen tener decenas de habitaciones libres. No son tan grandes como el palacio de Aureus, pero lo suficiente para acoger a un gran número de familias.
—Este palacio es gigantesco y laberíntico. Ayer casi me perdí —dijo el hermano pequeño de Derek sin vergüenza.
—Sí, ya lo sabemos que es muy grande. Por eso propusimos a nuestros amigos para compartirlo cuando Donald y yo nos trasladamos a vivir aquí. Residir sólo en compañía de las consejeras nos causaba demasiada soledad. Afortunadamente, nuestros amigos aceptaron venirse a vivir con nosotros. Somos una gran familia.
—Yo creo que tu bisabuela construyó semejante coloso por si algún día toda la población de Aureus debía refugiarse dentro —bromeó el emperador.
—Quién sabe… —aceptó riendo.
Poco después llamaron a la puerta para reclamar la atención de la emperatriz. Se levantó y todos la imitaron por instinto.
—Adriana, ¿te esperamos para comer? —le preguntó su marido.
—Si veis que me retraso más de diez minutos, empezad sin mí, no os preocupéis. Intentaré llegar a tiempo de todas maneras.
—De acuerdo, como quieras. Hasta luego.
La emperatriz se marchó y el emperador se ocupó de despedir a las familias y a los protagonistas de la ceremonia.
—Si prefieren comer en privado para compartir el tiempo que queda, no duden en comunicarlo a la cocina. Las cocineras son muy amables y les servirán el almuerzo en la habitación o donde más les apetezca.
—Muchas gracias —contestaron ellos.

*Ciudad Platina es el nombre original, pero al reescribir la primera parte, lo cambié (Aureus era Ciudad Dorada). Desafortunadamente, no recuerdo el nuevo nombre y ahora no tengo acceso a la fuente para recuperarlo.

domingo, 15 de mayo de 2011

Un capítulo suelto

Todas las clases de cultura empezaban siempre con reflexiones sobre lo que había ocurrido recientemente. Santi solía traer artículos de periódicos y revistas o grabaciones de los telediarios. Otras veces, traía libros, clásicos o actuales, y nos leía pasajes con la intención de hacernos deducir paralelismos con la vida real o moralejas.
Aquel día, sin embargo, fuera lo que fuera lo que hubiera traído preparado, no hablamos de eso, sino de mitología. Alguien comentó que había oído mencionar a sus padres una expresión relacionada con una caja que le era muy familiar a pesar de no saber qué significaba.
―¿La caja de Pandora? ―propuso Santi.
―Sí, ésa. ¿Qué significa?
Pero Santi no respondió y devolvió la pregunta a la clase. Maia fue la única en responder. Víctor, en cambio, susurraba la expresión convencido de que él también la había oído en algún lugar.
―Creo que tiene algo que ver con los dioses griegos…
―¡Hércules! ―exclamó Víctor sorprendiendo a toda la clase e interrumpiendo a Maia.
―Bueno, la historia no habla precisamente de Hércules, pero… ―empezó a decir nuestro tutor.
―No, no quería decir eso. Sólo que me sonaba de algo y ahora me he acordado de qué. El otro día dieron en la tele la película de Hércules, la de Disney, y Hades, el dios malo, mencionó esa caja ―explicó Víctor.
―Bien, me alegra que tu aportación haya confirmado lo que Maia decía, aunque la próxima vez procura que tu intervención no interrumpa la de los demás ―le aconsejó sin tono de reproche alguno. Víctor asintió ruborizado y pidió perdón por su comportamiento―. Efectivamente, la caja de Pandora es una historia que forma parte de la mitología griega, como la de Hércules, Afrodita, Zeus... Os suenan esos nombres, ¿no?
―Afrodita es la diosa de la belleza ―contestó una niña.
―Y Zeus, el rey de los dioses, el que lanza los relámpagos ―añadió otro.
―Muy bien, veo que algo entendéis de mitología. Pero, para explicaros la historia de Pandora, hará falta situarse un poco, así que voy a mandaros a buscar algunas fuentes de información. ¿Voluntarios?
Casi todos levantamos la mano, como de costumbre, y Santi nombró a los que no recordaba haber señalado recientemente, yo entre ellos. Los elegidos formamos una cola a lo largo de la pizarra y esperamos a recibir el encargo.
Al compañero que había delante le mandó ir a buscar la película de Hércules a la videoteca y a mí un libro que se titulaba Los mitos griegos.
―No corráis mucho o molestaréis a las demás clases ―nos advirtió antes de salir.
Los cuatro alumnos a los que nos había encomendado ir a la biblioteca caminamos juntos tan rápido como fue posible. Cuando llegamos, había un grupo de tercero haciendo un trabajo, así que nos dirigimos a los ordenadores silenciosamente para buscar en el catálogo lo que nos habían pedido.
Tecleé el título del libro en la ventana correspondiente y esperé los resultados. Sólo había un ejemplar, así que arranqué un papel del bloc de notas que había al lado y usé un bolígrafo de la biblioteca para apuntar en él el topográfico, el código que me revelaría dónde se encontraba.
Fui al pasillo de los 200 y reseguí con los dedos los lomos de los libros de la estantería correspondiente hasta encontrar el mío, que resultó estar dividido en dos volúmenes. Como no sabía cuál le interesaría, decidí coger los dos.
Los mitos griegos… de Robert Graves ―susurré mientras pasaba las páginas del primer volumen dejándolas correr bajo mi pulgar. No era muy grande pero tenía dos dedos de grosor. Los capítulos, sin embargo, eran cortos. El nombre del autor me sonaba, como si alguien lo hubiera mencionado recientemente, quizás en verano, cuando mi madre y Xavi nos llevaron a Mallorca.
Volví a recepción y le pregunté a la bibliotecaria si podía coger prestado aquellos libros para una clase. Ella asintió y me pidió que le indicara mi nombre y el del profesor responsable. A continuación, leyó el código de barras con un lector y frotó ambos libros sobre una superficie negra que desactivaría la alarma magnética. Lo último fue devolverle el papel en el que había apuntado el topográfico para reciclarlo. Seguramente alguien lo reutilizaría con el mismo objetivo que yo.
Cinco minutos después, estaba de vuelta en clase con otro compañero. Santi estaba colgando sobre la pizarra un mapa geográfico del sureste de Europa que una amiga de Maia había ido a buscar al archivo cartográfico que había dentro de la biblioteca.
En él se veían el tacón de la bota de Italia, Grecia, Albania, Macedonia, Bulgaria y Turquía, países limitados al sur por el mar Mediterráneo y por el mar Jónico y el mar Egeo a este y a oeste respectivamente. Memorizar geografía no era lo mío, pero con un mapa al frente me situaba bastante bien.


Cuando todos hubimos regresado, Santi desplegó una vara metálica y señaló una cadena montañosa que daba al Egeo.
―El Monte Olimpo es la montaña más alta de Grecia y mide casi tres mil metros de altura. Allí arriba, como muchos sabréis, era donde los dioses griegos vivían.
―¿Y Pandora vivía allí también? ―preguntó alguien con impaciencia.
―Pandora no era una diosa ―corrigió Santi inmediatamente―. Era una mujer, la primera mujer humana, y fue creada por un dios griego llamado Hefesto.
La mitología griega, como muchas otras, era una historia extremadamente enmarañada por la cantidad de personajes que interactuaban en diferentes relatos. Había muchos mitos y todos estaban relacionados como una tela de araña: un punto central representaba el inicio y, a partir de éste, se desarrollaban cientos de hilos argumentativos conectados entre sí. Era como un culebrón suramericano de innumerables capítulos con un toque épico y unas gotas de fantasía. Por eso Santi destinaría una parte de la pizarra a apuntar las ideas principales de lo que yo leería a continuación.
El mito de Pandora empezaba con Prometeo, considerado por muchos un titán cuyo nombre significa prudencia. Él era el creador de la humanidad y el responsable de velar por los hombres.
Un día, Prometeo metió en un saco los huesos de un toro muerto y los cubrió con grasa para hacer creer a Zeus que aquél era el saco con la ofrenda habitual para los dioses. Zeus cayó en el engaño y se enfureció al ver cómo el titán se reía de él a sus espaldas, así que le castigó privando a los hombres del fuego.
Prometeo, sin embargo, que no podía dejar que los hombres comieran la carne cruda, se coló en el Olimpo gracias a la ayuda de Atenea (diosa de la guerra que inventó el barco y enseñó matemáticas por primera vez) y robó el fuego para devolvérselo a la humanidad.
Zeus juró vengarse y ordenó al dios Hefesto que creara una mujer de arcilla que reuniera como cualidades los dones de todos los dioses del Olimpo. Pandora era su nombre y fue entregada como regalo a Epimeteo, el hermano de Prometeo. Epimeteo rechazó el presente, pues su hermano le había aconsejado que no aceptara nada que proviniera de Zeus.
Una vez más, Zeus estaba furioso y mandó encadenar a Prometeo a una montaña, donde un buitre le desgarraría el hígado todos los días un año tras otro. Prometeo sufrió una bárbara tortura, pues no sólo estaba expuesto al frío, a la lluvia y a la nieve, sino que, además, el hígado no dejaba de crecer por muchas veces que el ave se lo arrancara.
―Permitidme añadir un detalle ―dijo Santi interrumpiendo mi lectura―. Antes os he dicho que Hércules no salía en la historia de Pandora, no al menos como protagonista, pero sabed que fue él, el mismo Hércules cuya historia cuenta la película de Disney, quien salvó a Prometeo de aquella tortura matando al buitre en cuestión. Aunque esto ocurrió mucho más tarde.
―¡Jolines! ―exclamó un alumno― La mitología griega es un verdadero enredo.
Poco después, nuestro tutor me invitó a continuar leyendo y yo proseguí desde donde había señalado con el dedo al detenerme para no perder de vista la línea.
Mientras Prometeo agonizaba, Zeus, para justificar su crueldad, hizo correr un falso rumor: decía que Atenea había invitado a Prometeo al Olimpo para seducirle y que por eso le había castigado.
Epimeteo, creyendo que su hermano era muy afortunado, cambió de idea y tomó a Pandora por esposa. Al cabo de un tiempo, Pandora, bella como Afrodita pero curiosa y cínica  como el dios Hermes, abrió una caja prohibida en la que Prometeo había encerrado todos los males que podían infestar la humanidad, males como la vejez, la enfermedad, la fatiga, la locura, el vicio o la pasión. Éstos salieron en forma de nube, atacaron a Epimeteo y a Pandora y se extendieron entre los hombres. En esa caja, no obstante, Prometeo también había guardado la Esperanza y fue gracias a ella que los hombres aprendieron a soportar el mal que les rodeaba.
Cuando terminé de leer mi trozo, Santi preguntó si lo habíamos entendido todo y animó a que los demás voluntarios compartieran con la clase la información que habían ido a buscar.
Unos leyeron pequeñas versiones en las que, por ejemplo, Epimeteo, el hermano de Prometeo, se enamoraba de Pandora y aceptaba el regalo de Zeus a la primera. Otras contaban que la caja era en realidad una tinaja y que, con el paso del tiempo, a causa de la influencia de un escritor llamado Erasmo de Rotterdam, la expresión había pasado a llamarse «la caja de Pandora».
El mito de Pandora quedó entendido y consabido media hora más tarde y nuestro tutor procedió a iniciar un pequeño debate sobre si creíamos que el origen de todos los males podía estar en una sola mujer o no. Todos coincidimos, al final, en que era una idea muy surrealista y más bien misógina. También hablamos de las diferencias entre un mito, un cuento fantástico y una historia real.
―Por eso, cuando hoy en día se utiliza esa expresión, es porque alguien tiene intención de tocar algo que es potencialmente peligroso, que podría traer consecuencias desagradables, sean del tipo que sean.
Cinco minutos antes de las once, mientras recogía el mapa y borraba los apuntes de la pizarra, nombró una lista de posibles deberes. Esta vez tendríamos que reflexionar y escribir.
―Para los que os hayáis quedado con ganas de ver la película, podéis escribirme una hoja describiendo las diferencias entre la historia de Hércules narrada por los libros y la historia que cuenta la película. Ya veréis que son bastante distintas.
―¿Y dónde encontramos la otra historia?
―No sé, en algún libro de mitología como los que os he enseñado, en una enciclopedia, en Internet, etc. Hay muchas fuentes de información, sólo hay que buscar la más fiable y conveniente. Tenéis toda la biblioteca a vuestra disposición.
―¿Y los que no queramos hacer eso? ¿Hay otras opciones?
―Sí, claro. Podéis escribir un texto argumentativo en el que expliquéis los motivos de la conclusión a la que hemos llegado con el debate. También podríais redactar un ensayo en el que analicéis si la historia de Eva, la primera mujer según la religión cristiana, es un mito como el de Pandora o no. O incluso podéis elegir otro personaje mitológico, no importa si es griego, romano, nórdico o japonés y contarme su historia con vuestras propias palabras.
Santi terminó de limpiar la pizarra, recogió sus cosas de la mesa y los libros de la biblioteca y se acercó a la puerta para salir y dejar paso al siguiente profesor.
―Elegid un tema y el viernes me entregáis lo que hayáis hecho, ¿vale?
A las cinco y media de la tarde, todos nos dirigimos a la salida del colegio. Algunos decían que ya sabían de qué iban a hacer la redacción de cultura.
Carles, el compañero que se sentaba delante de mí y solía quedarse conmigo mientras ambos esperábamos a que nuestras madres vinieran a buscarnos, me reveló que él iba a hablar de Loki, el dios nórdico del caos. Loki era el protagonista de una serie de anime que su hermano se había descargado de un portal de dibujos animados japoneses doblados al catalán. Era una serie que habían dado en televisión y le había gustado mucho, así que había decidido descargársela para guardarla y poder verla tantas veces como quisiera.
Al marcharse Carles, recibí un sms de mi madre en el que me advertía de que llegaría media hora más tarde. Rezongué fastidiado porque mi estómago estaba hambriento, pero me levanté y fui directo hacia la videoteca. No quería perder el tiempo mirando las musarañas. Busqué la película de Hércules y me puse a verla en un reproductor individual con auriculares para no molestar a nadie. Antes, sin embargo, contesté a mi madre y le advertí de a dónde había ido para que no se asustara: «Buskm nla videotk dl cole».
Mi madre apareció, efectivamente, media hora más tarde y casi me dio un susto de muerte cuando me tocó en el hombro desde atrás. No la había oído entrar. Interrumpí la reproducción del DVD, devolví la película y me marché con ella. Si al final decidía hacer la comparación entre las historias de Hércules, acabaría de verla en casa.
―Mamá, ¿sabes quién es Robert Graves? ―le pregunté de camino a casa, en el coche― Esta mañana he leído en clase unas páginas de un libro suyo y el nombre me suena de algo.
―¿Robert Graves? Claro que te suena, visitaste su tumba este verano, cuando fuimos a Deià, aquel pueblecito de Mallorca con calles tan empinadas.
―¡Es verdad! Estuvimos en un minicementerio y dijiste que era la lápida donde había un hippy que parecía estar rezando, ¿no?
―Debía de ser alguien que adoraba su poesía ―contestó riendo.
―¿Era poeta entonces?
―Un poeta inglés, sí. ¿Qué es lo que has leído de él en clase? ―quiso saber.
―Un libro sobre mitología griega. Santi nos ha contado la historia de la caja de Pandora. Y ahora tengo que elegir qué deberes hacer.
Le enumeré las opciones a escoger y ella no supo proponerme otra cosa que hacerlos todos.
―No tengo tiempo ―le respondí.
―No hace falta que los escribas todos. Busca simplemente la información. Muévete por la curiosidad, cariño. Si te dejas llevar por ella con precaución, aprenderás mucho en la vida.
―Mamá, no eres mi profesora ―protesté―. Deja tus consejos para las reuniones familiares.
―Pero soy tu madre y las madres aconsejan siempre, aunque sus hijos no les hagan ni puñetero caso.
―Tengo que tomar una decisión muy importante. Déjame en paz.
―De nada ―añadió a propósito segundos después.
―Gracias… ―respondí yo a regañadientes.
Apoyé la cabeza en la ventana e intenté reflexionar sobre mis deberes.
La comparación con el personaje cristiano de Eva, la primera mujer creada por Dios a partir de una costilla de Adán, el primer hombre, era una posibilidad. Al menos, mi madre me ayudaría seguro porque siempre que salía, en el periódico o en el telenoticias, alguna novedad negativa sobre la religión y la Iglesia, ella aprovechaba para criticar sus fundamentos.
Teníamos dos biblias en casa, una para niños y otra para adultos; nos las había regalado una prima suya católica practicante el día de mi nacimiento a sabiendas de que mi madre no me iba a bautizar. Mi madre las aceptó con resignación, pero más tarde comprendió que sería útil tener un ejemplar a mano para cuando quisiera demostrarme las incongruencias entre lo que creían los creyentes fervorosos y lo que decía el libro sagrado que era los cimientos de la religión cristiana.
También teníamos un Corán, un Tanakh (la Biblia hebrea), una recopilación de los escritos de Confucio y otra de textos budistas. Mi madre los usaba como libros de consulta, por si algún día tenía que escribir un artículo en el que se mencionara algo sobre alguna de esas religiones. Un día u otro, los acabaría usando yo también, más que nada porque en la asignatura de Religiones y Filosofía hacíamos muchos trabajos.
Religión… La idea que mi madre me había inculcado sobre la religión era complicada. No es que la odiara, porque decía que cualquier religión tenía rasgos positivos (como lo de promover la paz y el amor), pero detestaba las mentiras de las que el ser humano las había revestido.
Alguna vez, incluso, había insinuado que quienes estaban detrás de medidas tan machistas como que las mujeres no podían ser madres sin un hombre o ideas tan retrógradas como que el sexo sólo podía practicarse con la intención de tener hijos eran seguramente mentes masculinas resentidas, es decir, hombres que habían sufrido una mala experiencia sentimental por culpa de alguna mujer, y así era como habían elegido dar rienda suelta a su venganza, promoviendo conceptos misóginos a más no poder.
Aunque esa opinión sólo se la había oído una vez en que había acudido a una boda en la que el cura había comentado indirectamente que las madres solteras eran una blasfemia. Y claro, eso, a mi madre, le había afectado mucho, pues ella me había dado a luz cuando todavía no había conocido a la persona con la que compartiría su vida: el padre de Àlex.
Me había explicado que nuestra situación era singular, pero no por eso más o menos moralmente correcta. Mi padre biológico era un amigo de mi madre, al que conocía y me caía bien, pero mi verdadero padre era mi abuelo, pues a Xavi sólo hacía tres años que le había conocido y, aunque me trataba como a un hijo, no lo tenía por un padre, sino por una especie de tío. Mis abuelos eran quienes habían ayudado a mi madre a criarme y yo lo sentía como un recuerdo sin imágenes que flotaba en mi interior. Era sólo una sensación, pero para mí tenía mucho valor.
Una vez entendida la práctica del sexo y sus diversos objetivos, por fin comprendía la decisión que había tomado mi madre cuando era joven. A lo largo de mi vida, ella había intentado responder a mis preguntas con la verdad por delante pero sin escandalizarme. Ahora todo cobraba sentido.
Para tener un hijo hacía falta semen de un hombre, óvulos de una mujer y un útero en el que el bebé pudiera vivir durante el embarazo. Mi madre tenía el óvulo y la casa, pero le faltaba el semen y para eso recurrió a un amigo que aceptó compartirlo con ella.
¿Por qué no se esperó a encontrar a Xavi? Porque el tiempo se le acababa, me había dicho. No es recomendable que las mujeres tengan hijos a partir de los cuarenta años (es lo que llaman el reloj biológico) y ella tenía treinta y cinco cuando había decidido que no podía esperar tanto para encontrar a alguien que compartiera su idea de eterno amor no platónico.
Cuando dos personas se aman, según ella, se aman no por una fuerza superior incomprensible como es el destino, sino por sus respectivas maneras de ser, por la capacidad de convivencia y semiadaptación a la forma de pensar y hacer del otro, por tener espíritu de superación para solucionar los problemas conjuntamente, por el mutuo respeto. El amor platónico suele darse al principio de una relación y en determinados momentos a lo largo de la vida conyugal; no es ni mucho menos eterno como cuentan los cuentos de hadas. Además, hay que cuidarlo, porque, si no, puede extinguirse y no volver a arder.
Así pues, yo tenía un padre biológico y un padre verdadero que no eran la misma persona, pero no me sentía solo y anormal. Mi madre era la mejor del mundo y yo nunca le reprocharía que hubiera esperado a casarse para tenerme, porque quizás tampoco habría sido yo el que hubiese nacido, sino otro con el semen de Xavi.
Aun así, aunque mi madre me había dado todo su amor y me había dedicado más tiempo del que se podía permitir, la Iglesia consideraba su decisión totalmente inmoral.
No obstante, yo no había sostenido esa opinión desde el principio. Cuando todavía estaba en primaria, me peleé con un niño de mi clase que, jugando a fútbol, chutó la pelota por propia iniciativa y falló en marcar el gol cuando el equipo había decidido una táctica diferente.
Yo le acusé de haber hecho lo que le había dado la gana y él, cuando se le terminaron los argumentos futboleros, empezó a insultarme aludiendo a mi condición familiar.
Me llamó imbécil, huérfano y hereje entre otras cosas. En un primer momento, no entendí qué significaba aquella palabra ―y él tampoco seguramente―, pero él continuó con su sarta de insultos para ganar credibilidad. Mis amigos no supieron cómo responder y yo no supe contestar por qué no tenía un padre como los demás sin rebajarme a su nivel. Me sentí raro, diferente, mutante, marginado y un montón de sensaciones más que ahora atribuiría al desconocimiento que tenía de aquel tema. Incapaz de pegarle en venganza de lo que había dicho, salí corriendo antes de que el entrenador pudiera alcanzarme.
Por la tarde, le conté a mi madre lo que había ocurrido y, a la mañana siguiente, estaba ella en el colegio exigiendo a la dirección que castigaran a mi compañero por lo que había dicho. El director le dijo que lo único que podían hacer era reprenderle por los insultos, dado que la institución no tenía una moral establecida en cuanto a ese tema y no podían castigar a nadie por sus opiniones personales, así que mi madre decidió actuar por cuenta propia.
Se fue a trabajar y, a la hora de recogerme, volvió y me pidió que le acompañara hasta donde estaba ese niño que me había insultado. Yo no quería que hablara con él por miedo a parecer un cobarde que acude a su mamá cada vez que alguien le insulta, pero ella me arrastró de la mano y me obligó a presenciar el sermón que le dedicó.
El niño la escuchó asustado al principio, pero su propia madre llegó poco después y la guerra estalló. Ambas progenitoras se enzarzaron en una pelea sobre moralidad cuyo eco retumbó en todo el colegio y el niño y yo y nuestra pelea quedamos casi en segundo plano.
Después de aquello, mi madre intentó hacerme entender la diferencia entre un padre biológico y un padre de verdad, pero yo no la entendí y la culpé de todo el antagonismo que había provocado entre padres y alumnos. Lloré y la hice llorar porque no entendía nada, porque no quería ser diferente y destacar por algo que a priori parecía negativo. Me prometí a mí mismo que no volvería a contarle nada de lo que me sucediera en el colegio. Pero nunca lo cumplí.
Pasó mucho tiempo hasta que comprendí que un padre no se valoraba por su sexo ni por su estado civil (alguien casado con una mujer y con hijos), sino por su capacidad de transmitir amor al hijo y su dedicación para educarle en los principios de la vida. Normalmente había dos padres porque era muy duro criar a un hijo solo.
Cuando mi madre me dio esta definición un día en que estaba más tranquilo, le pregunté si yo tenía a alguien como el que había descrito. Ella me contestó que mi abuelo era lo más parecido, puesto que se había ocupado de mí en incontables ocasiones cuando a ella le había resultado imposible atenderme. Me advirtió, sin embargo, que no le dijera nada a mi abuelo porque no quería provocar disputas con mi abuela, pues adjudicándole aquel papel solamente a él, menospreciaba en cierto modo el tiempo que mi abuela me había dedicado también.
De esta forma, asimilé que mi padre no era como el de los demás, pero no por eso peor ni mejor. Yo seguí llamando iaio a mi abuelo y me olvidé del vocativo papá. Lamentaría no poder decirlo como cualquier otro lamentaría la ausencia de algo que quiere y no puede poseer. Sería difícil pero no me quedaba otra opción.
La Iglesia, sin embargo, no contemplaba esta dimensión de la paternidad, al menos en sus normas (un protocolo que, para más inri, no estaba escrito  en ningún lado, ni siquiera en el libro sagrado que distribuían a sus fieles), pues un padre, según ellos, debía ser un hombre casado con una mujer que viviera en el mismo hogar que ella y los hijos. Podía ser biológico o adoptivo, pero nunca otro pariente o alguien soltero. Tampoco podían ser padres los homosexuales, porque decían que no podían transmitir la idea de familia (yo aún seguía sin entender por qué).
En fin, la Iglesia creía muchas cosas con las que ni mi madre ni yo estábamos de acuerdo y la historia de Eva era otra de ellas. Era tan machista la idea de que Dios la hubiera creado a partir del hombre que hasta me parecía totalmente inventada, como si hubiera sido un escritor de literatura quien la hubiera concebido. ¿Cómo alguien había podido decir semejante cosa cuando estaba demostrado que eran las madres las que daban a luz a los futuros hombres y mujeres del mundo? ¿Tan diferente a los demás partos podía haber sido el que dio comienzo a la humanidad? Es más, ¿había habido un primer hombre y una primera mujer? Y, en ese caso, ¿quiénes habían sido? Más tarde descubrí que preguntas como las que me había planteado yo eran la motivación de muchas carreras profesionales, estudios científicos e incluso religiones. Era como si la sociedad en que vivíamos hubiese empezado con mil preguntas como aquéllas.
Mi madre me ayudó a desconectar de una reflexión tan profunda que hasta me había provocado dolor de cabeza. Casi habíamos llegado a casa cuando me propuso si quería conocer a Afrodita, a Hermes y a otros dioses griegos que vivían en Barcelona.
―¿Cómo que viven? Los dioses no son personas. Además, si vivieran en algún lado, tendría que ser en Grecia, no aquí, ¿no?
―¿Quieres verles o no? ―insistió ella.
―S-sí, claro… ―contesté sin más remedio.
―Entonces iremos el sábado, aprovechando que tengo que ir a El Corte Inglés de plaza Cataluña a devolver algo.
Dicho y hecho. El misterio de los dioses no se resolvió hasta el sábado, cuando ya había entregado mi redacción de cultura. Al final la hice de Freya, la diosa nórdica de la belleza, y la comparé con Afrodita y otras diosas de otras religiones, pues resumir en una o dos hojas lo que creía sobre el personaje de Eva lo había tachado de misión imposible. Lo hice por cambiar de tema también, le había dado demasiadas vueltas.
Víctor comparó las dos versiones de Hércules y, después de entregar los deberes, me estuvo hablando de la cantidad de diferencias que había. Yo me quedé alucinado y me pregunté por qué Disney había mentido tanto en lugar de hacer una historia más parecida. Pensé en lo desastroso que podía resultar algo así, pues si todo el mundo adaptara las historias y las anécdotas sólo para que otros las entendieran, todo lo que ocurre sería falso al final y viviríamos rodeados de mentiras… ¿piadosas?
El caso es que mi madre me llevó a El Corte Inglés con ella a devolver una falda que no le iba bien. Luego me compró un brioche y nos dirigimos binoculares en mano al centro de la plaza, desde donde observamos las estatuas  de algunos dioses.
Parecíamos guiris y yo tenía vergüenza, pero me olvidé de ella cuando mi madre empezó a contarme algunas curiosidades, como que la palabra «hermafrodita» provenía de un ser mitológico llamado Hermafrodito, hijo de Hermes y Afrodita, que era hombre y mujer al mismo tiempo. Gracias a su explicación, entendí por qué decían que los caracoles eran hermafroditas, ya que éstos tenían testículos y ovarios dentro de un mismo cuerpo aunque no los usaran a la vez. Los caracoles cambiaban de sexo y a veces eran hembras y otras, machos.

sábado, 29 de enero de 2011

Justifinn: el prólogo

¡Hola!

De momento mi blog no es muy famoso, pero seguiré colgando de tanto en tanto alguna cosilla. No escribo mucho porque apenas tengo tiempo, pero disfruto igualmente.

Lo que leeréis a continuación es el prólogo de una novela que volví a reescribir para mi hermana. Acabé el primer libro, pero faltan el segundo y el tercero. Ojalá los termine en unos años. El título es "Justifinn".

Prólogo

El carruaje, tirado por una pareja de Holsteins castaños, avanzó velozmente por el camino, rasgando a su paso el aire fresco de aquella despejada e importante mañana. Sus pasajeros, ávidos de llegar por distintos motivos, conversaban alegremente y con confianza, a pesar de pertenecer a la alcurnia más protocolaria de todas: la familia real.
Cuando el coche se detuvo, no lo hizo frente a ningún edificio, sino al lado de la misma cortina de árboles que habían observado a través de la ventanilla desde hacía rato y, precisamente porque el conductor detuvo a los equinos en aquel lugar tan absurdo, los niños se asustaron, pensando que podría tratarse de una emboscada. Su padre, sin embargo, les aseguró que no pasaba nada y se dispuso a salir del carruaje. Abrió la puerta y una vez hubo salido él, invitó a sus hijos a acompañarle.
El noble se despidió del cochero y, seguido de sus más jóvenes descendientes, se adentró en el bosque sin temer a enemigos humanos ni animales. Se sucedieron quince minutos de silencio y, a pesar de que los niños no se cansaron de preguntar a dónde se dirigían, su padre no contestó hasta que alcanzaron su destino: un pequeño claro rodeado por cuatro abetos blancos caídos y cubiertos de musgo, en cuyo centro había una hoguera, la llama de la cual se había extinguido deliberada y recientemente.
Pocos minutos después, se oyeron los ecos de unas voces infantiles que fueron aumentando de volumen al acercarse.
―Ya están aquí ―se dijo el príncipe para sorpresa de sus hijos, quienes a pesar de no entenderle prestaron atención a aquella algarabía, convencidos de que algo tendría que ver con el extraño comportamiento de su progenitor. Sin embargo, se llevaron una decepción al descubrir que dichas voces provenían nada más y nada menos que de dos niños de edades similares a las suyas que pertenecían al pueblo llano, del que tan bien y tantas veces les había hablado su padre, pero al que no conocían personalmente a causa de las obligaciones que su abuelo les imponía para con la corte, a disgusto del primer delfín.
Los menores aterrizaron de golpe en el centro del claro y reaccionaron asustados al contemplar quienes les esperaban.
―¡Son nobles! ―exclamó el mayor de ellos―. ¡Vámonos, Chris!
―Buenos días, chicos. Llegáis puntuales ―saludó el hijo del rey con toda la serenidad del mundo mientras se retiraba el sombrero de tricornio granate y emplumado a conjunto con su casaca del mismo color. El pequeño, quien en aquel instante estaba siendo arrastrado por su hermano, se detuvo y le obligó a que le soltara.
―Espera, Justin, míralo, pero ¡si es papá! No es un noble, ¡es papá! ―exclamó el niño entusiasmado corriendo hacia el noble. Sus ojos verde limón, como los de su madre, brillaban de la alegría generada por la ilusión de volver a ver a su padre.
―¡Qué dices! Que no, hombre, ¿es que no ves cómo viste? ¡Es un noble y papá es un plebeyo como nosotros! ¿Es que quieres que te castiguen? ¡No seas burro y no te acerques! ―le advirtió su hermano en vano. El niño llamado Chris dejó de correr, pero no se detuvo y al llegar frente a su supuesto progenitor alzó la cabeza y, sin miedo a equivocarse, preguntó:
―¿Verdad que Justin se equivoca y eres papá, aunque vistas de una forma tan rara?
―¿Por qué te parece raro, Chris? ¿Sólo porque no acostumbro a vestir así cuando estoy con vosotros?
―¿Ves como sí que tenía razón, Justin? Es papá y nadie más. ¿Cómo no puedes reconocerlo si hace sólo dos días que nos despedimos de él?
Pero el pueblerino, a pesar de observar al noble y reconocerle físicamente, se negó a creérselo y se quedó donde estaba, a seis metros del grupo. Fue entonces cuando los pequeños príncipes, que no salían de su sorpresa, decidieron intervenir.
―¡No puede ser cierto! Tú eres nuestro papá, no el de ellos. ¡Es que es imposible!
―¿Por qué es imposible, Allen? ―respondió una vez más con la misma naturalidad que en una pregunta evidente.
―¡P-p-porque eres el príncipe heredero y toda la corte sabe que nosotros somos tus hijos! ¡Y ellos son plebeyos! ―confesó el segundo en la línea de sucesión.
―¡¿El príncipe heredero?! ―volvió a intervenir el mayor de todos―. ¡Ahora sí que no puede ser! Vámonos, Chris. Ya le diremos a papá cuando vuelva a casa, dentro de dos semanas, que no encontramos a nadie.
―¿El príncipe? Mi papá no es nada de eso, mi papá es el carpintero de nuestra aldea, ¿verdad que sí? ―insistió el menor de los pueblerinos sin hacer caso de su hermano. Pero éste ya se había acercado lo suficiente como para alcanzarlo y volverlo a arrastrar.
―¡Déjame, Justin! ¡Te digo que es papá! ―protestó Chris intentando deshacerse de la camisa por la que le sujetaba su hermano.
―¿Pero es que no lo has oído, botarate? ¡Es el hijo del rey y ellos son sus hijos! Déjalos en paz o te caerá una buena bronca, y yo no quiero que te pase nada, ¿vale?
―Pero…
―Volvamos a casa ―concluyó el mayor.
El príncipe se acuclilló y, decidido a resolver los malentendidos, tomó uno de los maderos que habían conformado la hoguera y comentó:
―Justin, ¿cuántas veces te he dicho que las hogueras en el bosque no se apagan así, tan bruscamente? Parece mentira que tengas diez años y aún insistas por tozudez en seguir tus propias instrucciones en lugar de escuchar a los mayores. Yo no sé de quién has heredado ese carácter, de tu madre seguro que no y de mí, no recuerdo haber sido un desobediente de pequeño. Quizás es por culpa del tío Willy, él era un maestro cuando se trataba de desobedecer, sobre todo durante la época de Justifinn. ¿Te acuerdas de todas las historias que te contaron él y el tío Elliot sobre Justifinn? ―el niño se detuvo, no quería creerlo. Era imposible que el príncipe, alguien a quien no había visto jamás, supiera tantas cosas íntimas sobre él y su familia. Una explicación tenía que haber, aunque los hijos nobles se le adelantaron.
―¡Papá! ¿Cómo sabes tantas cosas de ese pueblerino? ¡Pero si apenas salías de palacio mientras te quedabas! ¿O es que los conociste en uno de tus viajes? ¿De esos que duran dos semanas?
―¿Dos semanas? ―preguntó Justin empezando a sospechar. El príncipe sonrió por lo bajo―. ¿Vuestro padre se marcha cada dos semanas? ¿Eso es lo que habéis querido decir, m-majestad?
―Sí, más o menos. ¿Por qué? ―quiso saber el mayor, vestido con su traje amarillo dorado y sus botas marrones. La rubia cabellera heredada de su padre contrastaba con las finas facciones faciales prestadas de su madre. Pómulos carnosos y una nariz pequeña pero bien formada precedían a unos labios suaves, sonrosados pero tensados, los cuales acompañados de sus brazos cruzados sobre el tórax indicaban la impaciencia propia de su abuelo, que empezaba a apoderarse de él porque no entendía qué estaba ocurriendo en aquel claro abandonado.
―Porque el nuestro también se marcha cada dos semanas ―contestó el pueblerino sinceramente a pesar de estar muy nervioso porque era la primera vez que se dirigía a un noble de verdad.
Justin, a diferencia del príncipe, había heredado la cabellera oscura de su madre y los rasgos de su padre carpintero. Alto para su edad y fuerte a causa de la ayuda que prestaba a sus progenitores tanto en la casa como en el oficio, el muchacho en ciernes aparentaba más años que los contados en su última tarta.
―¡No entiendo nada! ―saltó entonces el más pequeño de los cuatro, el tercer candidato al trono―. ¿Eres el príncipe o el carpintero del que ellos hablan?
―Soy ambas cosas ―confesó el padre finalmente― y los cuatro sois mis hijos.
―¡¿CÓMO?! ―exclamó el cuarteto al unísono.
―Sentaos a mi alrededor, por favor. Voy a explicaros la verdad. Después de tantos años, ha llegado la hora de que conozcáis toda la historia. Justin, Allen, Chris y Elijah, sentaos, os lo suplico.
Los niños obedecieron y formaron un círculo alrededor de su padre; se morían por entender el porqué de aquel encuentro y las confesiones que el príncipe carpintero había anunciado sin remordimientos.

Una vez más, si queréis continuar leyendo los diez capítulos restantes del primer libro, clicad aquí y os podréis descargar la historia en pdf.

¡Disfrutad de la lectura!

Y dadme vuestra opinión si puede ser... Los comentarios constructivos siempre son bienvenidos : )

Niña

domingo, 5 de septiembre de 2010

Mi primera historia

¡Buenas noches!

Casi un mes más tarde, cuelgo por fin las primeras líneas de una historia que escribí hace bastante tiempo. Es un cuento simple, típico e idealista, pero por alguna razón, aún le tengo cariño. Espero que disfrutéis de la lectura.

De los siervos también surgen genios

En los barrios bajos de una ciudad, una madre y su hijo se abrigaron con las únicas piezas que tenían para protegerse del frío nocturno y conciliaron el sueño bajo el puente que era su casa.
El niño, llamado Harry, tenía ocho años e iba a la escuela pública todos los días como si el vivir en la calle no tuviera gran importancia. Amaba a su madre y la ayudaba con todo de lo que era capaz.
A pesar de que el banco les había embargado la casa y todas sus posesiones, ella aún conservaba su puesto de trabajo como ama de casa en un barrio de mejores condiciones. Viuda, lamentaba continuamente no poder ofrecer nada mejor a su niño; pero Harry era feliz y había aprendido a compaginar sus deberes escolares con sus tareas de vagabundo.
Todas las tardes, después de llegar del colegio, limpiaba los tres metros cuadrados que eran su hogar y los convertía en un lugar mínimamente acogedor. Listo y trabajador, esperaba poder tener algún día la oportunidad de cambiar sus vidas y garantizar a su madre una buena jubilación.
Una mañana, sin embargo, mientras Harry atendía sus clases, un señor apuesto y opulento, reparó en el puente y descubrió a la madre limpiando antes de irse a trabajar. Hacía días que andaba buscando un sustituto para ocupar el puesto vacante de sirviente doméstico fijo porque la criada anterior había decidido dimitir para formar su propia familia.
Así pues, el buen hombre bajó al puente y ofreció su propuesta a la mujer, quien en un principio consideró que era la mejor oportunidad que se le había presentado. Aquel señor le estaba ofreciendo techo y comida simplemente a cambio del mismo trabajo que ella llevaba a cabo todos los días. Aún se puso más contenta cuando el amable caballero, después de oír que la mujer era madre, aceptó que el hijo acompañara a su
progenitora sin trabajar a cambio.
Él explicó que comprendía su situación y que no iba a permitir que un niño trabajara como criado a la edad de ocho años. Prometió, además, ayudarles con su economía y proporcionarle al jovencito todas las necesidades que precisara. La joven madre no dudó en aceptar la oferta y comunicó que se presentarían en la casa en cuanto su hijo hubiera regresado del colegio.
A las cinco de la tarde, Harry volvió al puente y se sorprendió de la buena nueva. Obediente como era, aceptó recoger sus cosas y emprender el viaje en metro hacia su nuevo hogar. Tardaron prácticamente una hora en cruzar la ciudad y no pudieron evitar quedarse impresionados cuando contemplaron la mansión en la que iban a vivir de ahora en adelante.
―¿Estás segura de que no te has equivocado, mamá?
―No, ésta es la dirección, cariño. Hemos tenido mucha suerte, ¿no crees?
―Sí, es el mejor trabajo que has encontrado hasta ahora. Eres genial, mamá ―contestó Harry abrazándola sin dejar de sujetar un conejo de ropa que le había regalado su padre por su sexto cumpleaños, antes de fallecer. Su madre se acuclilló y, mirándolo profundamente, le dijo:
―Harry, cariño. Este señor ha sido muy amable con nosotros. Me gustaría que por las tardes, después de terminar tus deberes, ayudaras tú también para agradecerle todo cuanto ha hecho. Él no quiere que trabajes como un sirviente, puesto que eres aún un niño, pero seguro que agradecerá que me ayudes a mí y demuestres que eres trabajador y responsable, ¿vale?
―Claro, mamá, haré todo lo que esté en mis manos. Es una casa muy grande, seguro que necesitarás mi ayuda. Además, no me importa trabajar como sirviente, podría ser entretenido. Papá siempre decía que cualquier cosa puede enseñarnos algo útil mañana sino ahora ―aceptó Harry sin problemas.
―Así me gusta, corazón ―contestó sonriendo mientras le acariciaba la cara a su hijo. Se levantó de nuevo y suspirando, nerviosa, llamó al timbre situado en la verja de la entrada.
Un ligero pitido les indicó que podían entrar por la puerta para peatones y, después de cruzar un espléndido jardín, el mayordomo los recibió en el interior de la mansión.
―Bienvenidos a la casa. El señor conde los recibirá en breve.
―¿Estamos en la morada de un noble, pues? ―preguntó la madre.
―Así es y, si me permite el comentario, creo que le espera bastante trabajo, es una casa de grandes dimensiones. Tiene suerte de que el señor sólo tenga dos hijos nada caprichosos y bien educados. Le deseo una feliz estancia ―se despidió. Erguido y vestido de negro y blanco con pajarita incluida, el mayordomo, de unos cincuenta años, se retiró.
El señor apareció, efectivamente, al cabo de unos minutos y con mucha cortesía los acompañó a sus habitaciones, ubicadas en el piso inferior y a las que se accedía bien desde la cocina o desde el jardín trasero exterior. Ambos cuartos, que eran prácticamente contiguos, compartían una puerta y un cuarto de baño, pero el que supuestamente iba a pertenecer a Harry estaba completamente vacío. El noble no dudó en explicarle la razón.
―Antes nadie utilizaba este cuarto, por eso no hay nada. Pero no te preocupes, mañana mismo vendrán a pintar las paredes y a amueblarlo para que así tengas tu propia habitación, donde puedas jugar y hacer deberes en las mejores condiciones. Podrás ver el resultado cuando vuelvas del cole, ¿entendido?
―Muchas gracias, señor. Ha sido usted muy considerado con mi familia.
―Espero que cuando mi hijo vuelva, seáis muy buenos amigos. Seguro que se alegrará de tener un hermano más.
―¿Cómo se llama su hijo? ¿Y dónde está ahora?
―Aaron está de campamentos con el colegio. Volverá el martes por la tarde. Tiene ocho años, como tú.
―Le esperaré impacientemente ―concluyó Harry.
―Me alegra que seas tan educado, listo y encantador ―el conde se incorporó y luego se dirigió a la madre―. ¿Quiere que le enseñe la casa?
―Por supuesto, señor.
Harry acompañó en la visita de las instalaciones a su madre y memorizó todos los lugares para poder prestar un
buen servicio. Terminado el recorrido, el noble les condujo a su despacho y ofreció el contrato de trabajo a la mujer. También le proporcionó a Harry un vale de transporte público que le permitiría realizar infinitos viajes durante tres meses para poder ir de la escuela a la casa todos los días.
A continuación, les ofreció un sobre con dinero en efectivo y les sugirió que pasaran la tarde en el centro de la ciudad y cubrieran sus primeras necesidades.
―La cocinera les servirá la cena cuando regresen.
―Es usted un ángel, señor ―se despidió la humilde señora, que aún no se creía la suerte que había tenido aquella mañana de abril.
Así pues, Harry y su madre tomaron el metro de nuevo y se dispusieron a hacer lo que llevaban años sin poder llevar a cabo. Compraron ropa para ambos, utensilios de higiene nuevos, toallas y sábanas para sus futuras camas. De los treinta billetes iniciales quedaron quince, los cuales decidieron reservar para más adelante. Cargados con diez o doce bolsas, regresaron a la mansión a las nueve en taxi. Cenaron en la
cocina de los sirvientes, situada en el mismo piso que las habitaciones, y se acostaron.
Harry durmió con su madre y en sus sueños prometió que se esforzaría como nunca para hacer realidad lo que hacía tanto tiempo que se proponía: tener un futuro con el que agradecer todo el esfuerzo de su progenitora.
A la mañana siguiente, Harry se despertó a las seis y media, desayunó un tazón de leche y un pedazo de pan y se marchó al colegio. Tan pronto como alcanzó a sus amigos, contó entusiasmado la nueva noticia.
Al regresar a la mansión, casi se puso a llorar de alegría cuando contempló su nueva habitación. El suelo era de parqué y la cama grande y cómoda, casi tan alta como él. Tenía una pequeña mesa para estudiar con una lámpara y un armario empotrado para poder guardar toda su ropa. Las paredes eran amarillo pálido, color que contrastaba a la perfección con la madera de arce clara de todo el mobiliario. Se puso tan contento que no dudó en subir corriendo al despacho del señor y darle las gracias. Creyó que una reverencia sería el mejor modo de demostrarlo.
―Me alegro de que te haya gustado. Anda, ve a darle las gracias también a tu madre; ella eligió el color y los muebles. Y no hace falta que te inclines así, en esta casa no somos tan estrictos.
Los días se sucedieron y el martes por la tarde, mientras Harry fregaba la cocina, oyó abrirse la puerta de la entrada y, a continuación, una voz que gritaba:
―¡Papá, ya he vuelto! ―el niño buscó en el salón, en la biblioteca, en el despacho y finalmente en la cocina. Se sorprendió de la presencia de Harry y, cuando supo quién era, le dio la bienvenida risueñamente.
―Me llamo Aaron, espero que seamos buenos amigos. Hasta ahora ninguna de las mujeres del servicio tenía hijos. Me alegra que esta vez sea diferente.
―Yo también. Gracias a tu padre, mi madre y yo tenemos un hogar digno.
―Es que mi papá es la mejor persona del mundo. Siempre ayuda a la gente.

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¡Muchas gracias! : )