¡Hola!
De momento mi blog no es muy famoso, pero seguiré colgando de tanto en tanto alguna cosilla. No escribo mucho porque apenas tengo tiempo, pero disfruto igualmente.
Lo que leeréis a continuación es el prólogo de una novela que volví a reescribir para mi hermana. Acabé el primer libro, pero faltan el segundo y el tercero. Ojalá los termine en unos años. El título es "Justifinn".
Prólogo
El carruaje, tirado por una pareja de Holsteins castaños, avanzó velozmente por el camino, rasgando a su paso el aire fresco de aquella despejada e importante mañana. Sus pasajeros, ávidos de llegar por distintos motivos, conversaban alegremente y con confianza, a pesar de pertenecer a la alcurnia más protocolaria de todas: la familia real.
Cuando el coche se detuvo, no lo hizo frente a ningún edificio, sino al lado de la misma cortina de árboles que habían observado a través de la ventanilla desde hacía rato y, precisamente porque el conductor detuvo a los equinos en aquel lugar tan absurdo, los niños se asustaron, pensando que podría tratarse de una emboscada. Su padre, sin embargo, les aseguró que no pasaba nada y se dispuso a salir del carruaje. Abrió la puerta y una vez hubo salido él, invitó a sus hijos a acompañarle.
El noble se despidió del cochero y, seguido de sus más jóvenes descendientes, se adentró en el bosque sin temer a enemigos humanos ni animales. Se sucedieron quince minutos de silencio y, a pesar de que los niños no se cansaron de preguntar a dónde se dirigían, su padre no contestó hasta que alcanzaron su destino: un pequeño claro rodeado por cuatro abetos blancos caídos y cubiertos de musgo, en cuyo centro había una hoguera, la llama de la cual se había extinguido deliberada y recientemente.
Pocos minutos después, se oyeron los ecos de unas voces infantiles que fueron aumentando de volumen al acercarse.
―Ya están aquí ―se dijo el príncipe para sorpresa de sus hijos, quienes a pesar de no entenderle prestaron atención a aquella algarabía, convencidos de que algo tendría que ver con el extraño comportamiento de su progenitor. Sin embargo, se llevaron una decepción al descubrir que dichas voces provenían nada más y nada menos que de dos niños de edades similares a las suyas que pertenecían al pueblo llano, del que tan bien y tantas veces les había hablado su padre, pero al que no conocían personalmente a causa de las obligaciones que su abuelo les imponía para con la corte, a disgusto del primer delfín.
Los menores aterrizaron de golpe en el centro del claro y reaccionaron asustados al contemplar quienes les esperaban.
―¡Son nobles! ―exclamó el mayor de ellos―. ¡Vámonos, Chris!
―Buenos días, chicos. Llegáis puntuales ―saludó el hijo del rey con toda la serenidad del mundo mientras se retiraba el sombrero de tricornio granate y emplumado a conjunto con su casaca del mismo color. El pequeño, quien en aquel instante estaba siendo arrastrado por su hermano, se detuvo y le obligó a que le soltara.
―Espera, Justin, míralo, pero ¡si es papá! No es un noble, ¡es papá! ―exclamó el niño entusiasmado corriendo hacia el noble. Sus ojos verde limón, como los de su madre, brillaban de la alegría generada por la ilusión de volver a ver a su padre.
―¡Qué dices! Que no, hombre, ¿es que no ves cómo viste? ¡Es un noble y papá es un plebeyo como nosotros! ¿Es que quieres que te castiguen? ¡No seas burro y no te acerques! ―le advirtió su hermano en vano. El niño llamado Chris dejó de correr, pero no se detuvo y al llegar frente a su supuesto progenitor alzó la cabeza y, sin miedo a equivocarse, preguntó:
―¿Verdad que Justin se equivoca y eres papá, aunque vistas de una forma tan rara?
―¿Por qué te parece raro, Chris? ¿Sólo porque no acostumbro a vestir así cuando estoy con vosotros?
―¿Ves como sí que tenía razón, Justin? Es papá y nadie más. ¿Cómo no puedes reconocerlo si hace sólo dos días que nos despedimos de él?
Pero el pueblerino, a pesar de observar al noble y reconocerle físicamente, se negó a creérselo y se quedó donde estaba, a seis metros del grupo. Fue entonces cuando los pequeños príncipes, que no salían de su sorpresa, decidieron intervenir.
―¡No puede ser cierto! Tú eres nuestro papá, no el de ellos. ¡Es que es imposible!
―¿Por qué es imposible, Allen? ―respondió una vez más con la misma naturalidad que en una pregunta evidente.
―¡P-p-porque eres el príncipe heredero y toda la corte sabe que nosotros somos tus hijos! ¡Y ellos son plebeyos! ―confesó el segundo en la línea de sucesión.
―¡¿El príncipe heredero?! ―volvió a intervenir el mayor de todos―. ¡Ahora sí que no puede ser! Vámonos, Chris. Ya le diremos a papá cuando vuelva a casa, dentro de dos semanas, que no encontramos a nadie.
―¿El príncipe? Mi papá no es nada de eso, mi papá es el carpintero de nuestra aldea, ¿verdad que sí? ―insistió el menor de los pueblerinos sin hacer caso de su hermano. Pero éste ya se había acercado lo suficiente como para alcanzarlo y volverlo a arrastrar.
―¡Déjame, Justin! ¡Te digo que es papá! ―protestó Chris intentando deshacerse de la camisa por la que le sujetaba su hermano.
―¿Pero es que no lo has oído, botarate? ¡Es el hijo del rey y ellos son sus hijos! Déjalos en paz o te caerá una buena bronca, y yo no quiero que te pase nada, ¿vale?
―Pero…
―Volvamos a casa ―concluyó el mayor.
El príncipe se acuclilló y, decidido a resolver los malentendidos, tomó uno de los maderos que habían conformado la hoguera y comentó:
―Justin, ¿cuántas veces te he dicho que las hogueras en el bosque no se apagan así, tan bruscamente? Parece mentira que tengas diez años y aún insistas por tozudez en seguir tus propias instrucciones en lugar de escuchar a los mayores. Yo no sé de quién has heredado ese carácter, de tu madre seguro que no y de mí, no recuerdo haber sido un desobediente de pequeño. Quizás es por culpa del tío Willy, él era un maestro cuando se trataba de desobedecer, sobre todo durante la época de Justifinn. ¿Te acuerdas de todas las historias que te contaron él y el tío Elliot sobre Justifinn? ―el niño se detuvo, no quería creerlo. Era imposible que el príncipe, alguien a quien no había visto jamás, supiera tantas cosas íntimas sobre él y su familia. Una explicación tenía que haber, aunque los hijos nobles se le adelantaron.
―¡Papá! ¿Cómo sabes tantas cosas de ese pueblerino? ¡Pero si apenas salías de palacio mientras te quedabas! ¿O es que los conociste en uno de tus viajes? ¿De esos que duran dos semanas?
―¿Dos semanas? ―preguntó Justin empezando a sospechar. El príncipe sonrió por lo bajo―. ¿Vuestro padre se marcha cada dos semanas? ¿Eso es lo que habéis querido decir, m-majestad?
―Sí, más o menos. ¿Por qué? ―quiso saber el mayor, vestido con su traje amarillo dorado y sus botas marrones. La rubia cabellera heredada de su padre contrastaba con las finas facciones faciales prestadas de su madre. Pómulos carnosos y una nariz pequeña pero bien formada precedían a unos labios suaves, sonrosados pero tensados, los cuales acompañados de sus brazos cruzados sobre el tórax indicaban la impaciencia propia de su abuelo, que empezaba a apoderarse de él porque no entendía qué estaba ocurriendo en aquel claro abandonado.
―Porque el nuestro también se marcha cada dos semanas ―contestó el pueblerino sinceramente a pesar de estar muy nervioso porque era la primera vez que se dirigía a un noble de verdad.
Justin, a diferencia del príncipe, había heredado la cabellera oscura de su madre y los rasgos de su padre carpintero. Alto para su edad y fuerte a causa de la ayuda que prestaba a sus progenitores tanto en la casa como en el oficio, el muchacho en ciernes aparentaba más años que los contados en su última tarta.
―¡No entiendo nada! ―saltó entonces el más pequeño de los cuatro, el tercer candidato al trono―. ¿Eres el príncipe o el carpintero del que ellos hablan?
―Soy ambas cosas ―confesó el padre finalmente― y los cuatro sois mis hijos.
―¡¿CÓMO?! ―exclamó el cuarteto al unísono.
―Sentaos a mi alrededor, por favor. Voy a explicaros la verdad. Después de tantos años, ha llegado la hora de que conozcáis toda la historia. Justin, Allen, Chris y Elijah, sentaos, os lo suplico.
Los niños obedecieron y formaron un círculo alrededor de su padre; se morían por entender el porqué de aquel encuentro y las confesiones que el príncipe carpintero había anunciado sin remordimientos.
Una vez más, si queréis continuar leyendo los diez capítulos restantes del primer libro, clicad aquí y os podréis descargar la historia en pdf.
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Niña