domingo, 5 de septiembre de 2010

Mi primera historia

¡Buenas noches!

Casi un mes más tarde, cuelgo por fin las primeras líneas de una historia que escribí hace bastante tiempo. Es un cuento simple, típico e idealista, pero por alguna razón, aún le tengo cariño. Espero que disfrutéis de la lectura.

De los siervos también surgen genios

En los barrios bajos de una ciudad, una madre y su hijo se abrigaron con las únicas piezas que tenían para protegerse del frío nocturno y conciliaron el sueño bajo el puente que era su casa.
El niño, llamado Harry, tenía ocho años e iba a la escuela pública todos los días como si el vivir en la calle no tuviera gran importancia. Amaba a su madre y la ayudaba con todo de lo que era capaz.
A pesar de que el banco les había embargado la casa y todas sus posesiones, ella aún conservaba su puesto de trabajo como ama de casa en un barrio de mejores condiciones. Viuda, lamentaba continuamente no poder ofrecer nada mejor a su niño; pero Harry era feliz y había aprendido a compaginar sus deberes escolares con sus tareas de vagabundo.
Todas las tardes, después de llegar del colegio, limpiaba los tres metros cuadrados que eran su hogar y los convertía en un lugar mínimamente acogedor. Listo y trabajador, esperaba poder tener algún día la oportunidad de cambiar sus vidas y garantizar a su madre una buena jubilación.
Una mañana, sin embargo, mientras Harry atendía sus clases, un señor apuesto y opulento, reparó en el puente y descubrió a la madre limpiando antes de irse a trabajar. Hacía días que andaba buscando un sustituto para ocupar el puesto vacante de sirviente doméstico fijo porque la criada anterior había decidido dimitir para formar su propia familia.
Así pues, el buen hombre bajó al puente y ofreció su propuesta a la mujer, quien en un principio consideró que era la mejor oportunidad que se le había presentado. Aquel señor le estaba ofreciendo techo y comida simplemente a cambio del mismo trabajo que ella llevaba a cabo todos los días. Aún se puso más contenta cuando el amable caballero, después de oír que la mujer era madre, aceptó que el hijo acompañara a su
progenitora sin trabajar a cambio.
Él explicó que comprendía su situación y que no iba a permitir que un niño trabajara como criado a la edad de ocho años. Prometió, además, ayudarles con su economía y proporcionarle al jovencito todas las necesidades que precisara. La joven madre no dudó en aceptar la oferta y comunicó que se presentarían en la casa en cuanto su hijo hubiera regresado del colegio.
A las cinco de la tarde, Harry volvió al puente y se sorprendió de la buena nueva. Obediente como era, aceptó recoger sus cosas y emprender el viaje en metro hacia su nuevo hogar. Tardaron prácticamente una hora en cruzar la ciudad y no pudieron evitar quedarse impresionados cuando contemplaron la mansión en la que iban a vivir de ahora en adelante.
―¿Estás segura de que no te has equivocado, mamá?
―No, ésta es la dirección, cariño. Hemos tenido mucha suerte, ¿no crees?
―Sí, es el mejor trabajo que has encontrado hasta ahora. Eres genial, mamá ―contestó Harry abrazándola sin dejar de sujetar un conejo de ropa que le había regalado su padre por su sexto cumpleaños, antes de fallecer. Su madre se acuclilló y, mirándolo profundamente, le dijo:
―Harry, cariño. Este señor ha sido muy amable con nosotros. Me gustaría que por las tardes, después de terminar tus deberes, ayudaras tú también para agradecerle todo cuanto ha hecho. Él no quiere que trabajes como un sirviente, puesto que eres aún un niño, pero seguro que agradecerá que me ayudes a mí y demuestres que eres trabajador y responsable, ¿vale?
―Claro, mamá, haré todo lo que esté en mis manos. Es una casa muy grande, seguro que necesitarás mi ayuda. Además, no me importa trabajar como sirviente, podría ser entretenido. Papá siempre decía que cualquier cosa puede enseñarnos algo útil mañana sino ahora ―aceptó Harry sin problemas.
―Así me gusta, corazón ―contestó sonriendo mientras le acariciaba la cara a su hijo. Se levantó de nuevo y suspirando, nerviosa, llamó al timbre situado en la verja de la entrada.
Un ligero pitido les indicó que podían entrar por la puerta para peatones y, después de cruzar un espléndido jardín, el mayordomo los recibió en el interior de la mansión.
―Bienvenidos a la casa. El señor conde los recibirá en breve.
―¿Estamos en la morada de un noble, pues? ―preguntó la madre.
―Así es y, si me permite el comentario, creo que le espera bastante trabajo, es una casa de grandes dimensiones. Tiene suerte de que el señor sólo tenga dos hijos nada caprichosos y bien educados. Le deseo una feliz estancia ―se despidió. Erguido y vestido de negro y blanco con pajarita incluida, el mayordomo, de unos cincuenta años, se retiró.
El señor apareció, efectivamente, al cabo de unos minutos y con mucha cortesía los acompañó a sus habitaciones, ubicadas en el piso inferior y a las que se accedía bien desde la cocina o desde el jardín trasero exterior. Ambos cuartos, que eran prácticamente contiguos, compartían una puerta y un cuarto de baño, pero el que supuestamente iba a pertenecer a Harry estaba completamente vacío. El noble no dudó en explicarle la razón.
―Antes nadie utilizaba este cuarto, por eso no hay nada. Pero no te preocupes, mañana mismo vendrán a pintar las paredes y a amueblarlo para que así tengas tu propia habitación, donde puedas jugar y hacer deberes en las mejores condiciones. Podrás ver el resultado cuando vuelvas del cole, ¿entendido?
―Muchas gracias, señor. Ha sido usted muy considerado con mi familia.
―Espero que cuando mi hijo vuelva, seáis muy buenos amigos. Seguro que se alegrará de tener un hermano más.
―¿Cómo se llama su hijo? ¿Y dónde está ahora?
―Aaron está de campamentos con el colegio. Volverá el martes por la tarde. Tiene ocho años, como tú.
―Le esperaré impacientemente ―concluyó Harry.
―Me alegra que seas tan educado, listo y encantador ―el conde se incorporó y luego se dirigió a la madre―. ¿Quiere que le enseñe la casa?
―Por supuesto, señor.
Harry acompañó en la visita de las instalaciones a su madre y memorizó todos los lugares para poder prestar un
buen servicio. Terminado el recorrido, el noble les condujo a su despacho y ofreció el contrato de trabajo a la mujer. También le proporcionó a Harry un vale de transporte público que le permitiría realizar infinitos viajes durante tres meses para poder ir de la escuela a la casa todos los días.
A continuación, les ofreció un sobre con dinero en efectivo y les sugirió que pasaran la tarde en el centro de la ciudad y cubrieran sus primeras necesidades.
―La cocinera les servirá la cena cuando regresen.
―Es usted un ángel, señor ―se despidió la humilde señora, que aún no se creía la suerte que había tenido aquella mañana de abril.
Así pues, Harry y su madre tomaron el metro de nuevo y se dispusieron a hacer lo que llevaban años sin poder llevar a cabo. Compraron ropa para ambos, utensilios de higiene nuevos, toallas y sábanas para sus futuras camas. De los treinta billetes iniciales quedaron quince, los cuales decidieron reservar para más adelante. Cargados con diez o doce bolsas, regresaron a la mansión a las nueve en taxi. Cenaron en la
cocina de los sirvientes, situada en el mismo piso que las habitaciones, y se acostaron.
Harry durmió con su madre y en sus sueños prometió que se esforzaría como nunca para hacer realidad lo que hacía tanto tiempo que se proponía: tener un futuro con el que agradecer todo el esfuerzo de su progenitora.
A la mañana siguiente, Harry se despertó a las seis y media, desayunó un tazón de leche y un pedazo de pan y se marchó al colegio. Tan pronto como alcanzó a sus amigos, contó entusiasmado la nueva noticia.
Al regresar a la mansión, casi se puso a llorar de alegría cuando contempló su nueva habitación. El suelo era de parqué y la cama grande y cómoda, casi tan alta como él. Tenía una pequeña mesa para estudiar con una lámpara y un armario empotrado para poder guardar toda su ropa. Las paredes eran amarillo pálido, color que contrastaba a la perfección con la madera de arce clara de todo el mobiliario. Se puso tan contento que no dudó en subir corriendo al despacho del señor y darle las gracias. Creyó que una reverencia sería el mejor modo de demostrarlo.
―Me alegro de que te haya gustado. Anda, ve a darle las gracias también a tu madre; ella eligió el color y los muebles. Y no hace falta que te inclines así, en esta casa no somos tan estrictos.
Los días se sucedieron y el martes por la tarde, mientras Harry fregaba la cocina, oyó abrirse la puerta de la entrada y, a continuación, una voz que gritaba:
―¡Papá, ya he vuelto! ―el niño buscó en el salón, en la biblioteca, en el despacho y finalmente en la cocina. Se sorprendió de la presencia de Harry y, cuando supo quién era, le dio la bienvenida risueñamente.
―Me llamo Aaron, espero que seamos buenos amigos. Hasta ahora ninguna de las mujeres del servicio tenía hijos. Me alegra que esta vez sea diferente.
―Yo también. Gracias a tu padre, mi madre y yo tenemos un hogar digno.
―Es que mi papá es la mejor persona del mundo. Siempre ayuda a la gente.

Si queréis continuar leyendo porque os ha gustado ni que sea un poquito, clicad aquí y podréis descargar el archivo entero en pdf.

¡Muchas gracias! : )

martes, 10 de agosto de 2010

Por algo se empieza

¡Buenas noches blogueros!

Por fin me atrevo a crear un blog donde poder colgar lo poco que escribo. A pesar de que hace mucho tiempo que me dedico a la literatura, no soy más que una principiante. Funcionalista sin remedio, lo que de verdad me llena es ver disfrutar a alguien mientras lee lo que he escrito; una sonrisa me basta para sufrir un ataque de felicidad ingenua y olvidar todo lo malo del mundo. En un blog, eso va a ser un poco difícil, así que me conformaré con los comentarios. Las críticas constructivas, por muy duras que sean, son más que bienvenidas, ya que por mucho que yo corrija mis textos una y otra vez, creo que es importante tener en cuenta la opinión ajena de vez en cuando.


En breve colgaré alguna que otra historia.


À bientôt! : )