jueves, 15 de marzo de 2012

Un discurso ideal

Aquí tenéis un fragmento de una historia que escribí y reescribí cuando estaba en bachillerato (2002-2004). La primera parte se llamaba Tres brujos y un diario (título que ahora aborrezco, la verdad) y, antes de reescribir el comienzo de esta historia, redacté una segunda parte que dudo mucho que vaya a reescribir por completo algún día. Este discurso, que he mejorado por supuesto, pertenece al final del segundo volumen y refleja mi "obsesión" por hacer de este mundo un lugar mejor a través de la educación y no de la magia o de la violencia. Espero que os guste un poquito al menos.


Los emperadores de la comunidad mágica estaban sentados frente a las tres familias y sus futuros nueras y yerno, preparados para escuchar el último discurso antes de la coronación.
    —Si no me equivoco, Christian, Julian y Erika ya os han puesto al corriente de lo que significa vuestra unión con ellos y vuestro papel en la comunidad mágica a partir de esta tarde —ellos asintieron—. Sabed que es un trabajo vocacional, muy bonito e interesante en mi opinión, pero que consume mucho tiempo. Tendréis vacaciones, por supuesto, si no Chris y Julian habrían renunciado hace tiempo —Edeline y Arwen sonrieron de complicidad—, pero tened en cuenta que vuestra intimidad desaparecerá prácticamente, puesto que seréis personas públicas. Afortunadamente, aquí no existe la prensa rosa, por lo que podéis estar tranquilos. Los magos y brujas de todo el planeta entienden muy bien que nos merecemos cierta privacidad, sobre todo con lo que se refiere a asuntos personales no relacionados con nuestro trabajo. Tienen derecho a opinar sobre todo lo que hacemos y decidimos a nivel laboral, pero en general está mal visto criticarnos sobre cuestiones íntimas. Nos tratan con mucho respeto y eso es algo por lo que siempre les estaremos agradecidos, ¿verdad, Donald? —su marido asintió—. Procurad olvidar cualquier prejuicio sobre las familias reales humanas porque nuestra familia funciona de una manera muy distinta. Sí, vivimos en un palacio, llevamos coronas y nos tratan de majestad y alteza, pero eso no son más que tradiciones que hemos heredado de nuestros antepasados y que hemos conservado porque tanto a nosotros como a la comunidad mágica nos parece bien conservarlas. Si un día la mayoría de magos y brujas decidieran que debemos renunciar a esas tradiciones, nosotros tendríamos que acatar sus preferencias. Aunque algunos se empeñan en considerarse súbditos nuestros (Luna, por ejemplo), somos nosotros quienes estamos al servicio de la comunidad y siempre respetaremos las decisiones que tomen. Sobre cómo opinan y cómo funciona exactamente nuestro sistema político, ya os lo explicaremos más adelante cuando empiece vuestra formación.
» Asimismo, sabed que a pesar de la ceremonia de esta tarde, no perderéis el derecho a renunciar al puesto de trabajo. De hecho, si primero queréis estudiar en la universidad lo que siempre habíais soñado estudiar, podréis hacerlo libremente, abajo o aquí arriba, como más prefiráis. Donald y yo lo hicimos y probablemente nuestros hijos sigan los mismos pasos. Puede que os sorprenda, pero, además de emperatriz, soy médico y pediatra según la Universidad de Harvard —bromeó para relajarles un poco—. Una vez terminéis los estudios y estéis dispuestos a entregaros a vuestro trabajo, si es que queréis echarnos una mano, os pediremos que os trasladéis a palacio para facilitar las cosas. Hasta entonces, podréis residir en casa de vuestros padres, aquí o donde queráis. En cuanto al matrimonio, una palabra que seguro que os causa impresión a vuestra edad, no os preocupéis, tendréis libertad para celebrarlo cuando lo decidáis vosotros mismos a partir de los dieciocho años, nadie os va a presionar en ese aspecto. Sé que parece mentira que teniendo en cuenta la ceremonia que vamos a celebrar en breve, tengáis la oportunidad de renunciar a todo, pero creedme, es verdad. Supongo que la tradición de incorporar a la familia a los futuros miembros antes de que se casen se mantiene porque existe la leyenda de que la emperatriz y sus descendientes nunca se equivocan cuando eligen a su pareja y que, una vez se enamoran, la elección es definitiva.
—¿Pero no es una leyenda, verdad? —intervino Edeline sin miedo—. Erika me contó una vez que sólo el futuro emperador puede hacer aparecer la espada que los humanos conocemos como Excalibur y eso ocurrió en vuestro caso, ¿no?
—Sí, tienes razón, Edeline, pero la espada no aparece sólo porque el futuro emperador lo desee. De hecho, llevaba siglos sin aparecer hasta que Donald la conjuró en un momento muy delicado en la que la vida de muchas personas estaba en juego.
—No la conjuré, vino a mi rescate y nos salvó de esos dichosos monstruos.
—La llamaste inconscientemente, cariño, porque decidiste cometer una locura por amor —y la emperatriz le cogió la mano para acariciarla porque aquél no era el mejor momento para darle un beso de eterno agradecimiento.
—Bueno, apareció un rato y luego me dejó colgado cuando ella misma consideró que había terminado su trabajo. Ya no la hemos vuelto a ver desde entonces. A saber si andará por Avalon o en alguna otra parte del universo —contestó el emperador con una sonrisa pícara.
—El caso es que no tenéis que preocuparos por los sentimientos, porque estoy convencida de que mis hijos os aman y de que vosotros los amáis a ellos como a nadie en el mundo —Edeline, Arwen y Derek volvieron a asentir con convicción—. Si un día decidís que el trabajo no os convence, podréis apostatar sin tener que renunciar a vuestra relación ni al título familiar. Seguiréis perteneciendo a la familia y a la comunidad mágica (nadie os retirará los poderes) por derecho propio, salvo que cometáis algún crimen, lo cual no esperamos que ocurra porque ningún mago o bruja lo ha hecho en varios siglos. Hasta aquí, ¿tenéis alguna duda?
—Por ahora no —contestó Arwen en nombre de los tres.
—Yo sí tengo una pregunta —interrumpió el padre de Derek.
—Dígame, señor Beck, ¿o puedo llamarle Robert? Al final y al cabo, pronto seremos como familiares.
—Como usted desee.
—Le trataré con la misma cortesía con la que usted ha elegido tratarme pues. Espero que no tardemos mucho en llamarnos por nuestros nombres de pila. En fin, ¿cuál era su pregunta?
—Gracias… Sólo quiero saber una cosa. ¿Por qué suena tan ideal todo lo que cuenta? En tierra firme, no creemos en la perfección, pero tal y como describe su mundo, parece el paraíso. ¿Dónde están los inconvenientes? —Adriana sonrió con amabilidad.
—Aureus no es ni mucho menos el paraíso y si nuestro mundo le parece perfecto, que no lo es, no se preocupe, es porque hace siglos que todos los magos y brujas ponen de su parte para hacer posible la convivencia. Somos una raza un poco distinta a los seres humanos, ya lo entenderá poco a poco. ¿No se ha preguntado por qué vivimos en las nubes en lugar de hacerlo en tierra firme como usted ha dicho? Hace mucho tiempo compartíamos los continentes con la raza humana hasta que mi bisabuela decidió que era mejor desaparecer de la faz de la tierra y cortar toda relación pública con la humanidad, y así ha ocurrido progresivamente. ¿Cuántos humanos quedan en el siglo XXI que crean de verdad en la magia? Apenas un puñado, lo cual es una pena en mi humilde opinión.
—¿Y por qué su pariente tomó semejante decisión? —preguntó la señora Beck.
—Me gustaría discutir a fondo esta cuestión (de hecho, existe una verdadera corriente de pensamiento sobre este punto entre los magus), pero hoy no tenemos mucho tiempo para debates filosóficos, así que permítame darle una respuesta breve —la emperatriz continuó tan pronto como la mujer aceptó su argumento—. Yo me planteé la misma pregunta cuando descubrí quién era en realidad. Tengan en cuenta que yo no supe de la existencia de la comunidad mágica hasta los quince años y viví con mis padres humanos hasta la mayoría de edad. Al convertirme en la princesa y posteriormente en la emperatriz, comprendí por qué no existe una solución perfecta y por qué no puedo arreglar los problemas de la humanidad con la magia invencible que muchos me atribuyen. Ningún mago o bruja puede solucionar un problema ajeno que sólo desaparecerá el día en que los seres humanos se lo propongan por unanimidad. Ese problema del que hablo es, de hecho, un conjunto de malos vicios. Me refiero a la ignorancia, la cobardía, la avaricia y la psicopatía entre otras cosas. Ese problema, que es de los humanos sobre todo, también nos afecta a los magus. Mi bisabuela decidió alejar la comunidad mágica de tierra firme para protegernos, a nosotros y a los humanos que sufrían por culpa de nuestra existencia pública. ¿Saben cuántas personas inocentes fueron acusadas de brujería y aniquiladas durante la Edad Media? Miles, desgraciadamente. Además, hoy en día, no podemos permitir que ciertos individuos descubran que la magia existe de verdad porque imagínense que tiranos como los que gobiernan algunos países a la fuerza bruta consiguieran la suficiente información para chantajearnos u obtener un poder que les facilitaría cometer aún más crímenes. Ni yo ni nadie está dispuesto a poner en peligro a la comunidad y a aquellas personas que disfrutan de un poco de libertad. De hecho, como yo me crié entre humanos, no he sabido aceptar del todo la misma excusa que le estoy dando ahora y por eso hice todo lo posible por convencer a mis consejeras y al resto de magos para intervenir en los problemas de la humanidad de la manera más prudente posible. Aunque me duele mucho admitir que no tengo el poder para arreglarlo todo con un chasquido de dedos, me contento con saber que entre yo y otros magos de mi misma opinión hacemos lo que podemos para aliviar el tormento en el que viven algunos colectivos. Y esa es una idea que tendréis que asimilar vosotros también. La magia no os ayudará a salvar el mundo del mal que nos rodea —añadió dirigiéndose a los tres jóvenes.
—Ya sé que es una locura intentar salvar el mundo, Adriana —volvió a intervenir Edeline—, pero ¿de verdad no se podría hacer algo más? Esos tiranos que has mencionado, no es que yo esté a favor de la pena de muerte, porque no lo estoy, pero si desaparecieran, quizás…
—Si desaparecieran porque pongamos que los arrestamos y los trasladamos a una cárcel de máxima seguridad, otros les sustituirían y todo seguiría igual, porque la gente que disfruta haciendo daño a los demás no dejará de existir nunca. La única forma de luchar contra estos individuos detestables es que la humanidad supere el miedo a enfrentarse a ellos. Esa es una de las diferencias entre los magus y los humanos. Cada mago y bruja del planeta está dispuesto a defender el bien común al precio que haga falta, por eso nunca hemos tenido tiranos. Además, tenemos más facilidad para entender las consecuencias negativas a largo plazo, quizás porque vivimos muchos más años. En cambio, los seres humanos tienen ese instinto de la supervivencia del individuo y del colectivo más cercano, como la familia y los amigos, que desafortunadamente no les permite acogerse a sus principios morales en la peor de las situaciones y se rinden al miedo pensando que las cosas ya se arreglarán con el tiempo. Hay muchos estudios que lo demuestran y no hablo de estudios llevados a cabo por científicos magus. En mi opinión, sólo hay una forma de combatir ese pequeño defecto de la humanidad.
«La educación» pensó alguien.
—Así es, señora Howard. La educación es la clave. Usted que es profesora lo comprenderá mejor que nadie —le respondió para sorpresa de todos los que no habían oído a la madre de Arwen.
—¿Cómo ha sabido lo que pensaba? —preguntó la mujer sin poder evitarlo.
—Disculpe la intromisión. Procuro no leer la mente de la gente por respeto a su intimidad, pero ha pensado la respuesta con tanta fuerza que no he podido resistirme. Era como si quisiera chillar en silencio y ha resonado en mi cabeza.
—No se preocupe… Tiene razón al fin y al cabo. Llevo muchos años intentando convencer a mis alumnos y colegas de que la educación es la solución que ningún político propone, pero es frustante ver cómo la gente no lo entiende.
—Sí, la comprendo perfectamente. Para colmo, los tiranos saben tan bien como usted y como yo que la educación es un arma muy potente y por eso procuran no potenciarla e inventan cada día nuevos métodos para manipular a los más desfavorecidos.
—¿Y ahí no podemos hacer nada tampoco?´—volvió a intervenir Edeline.
—Sí, ahí sí que podemos hacer algo. Hay muchos magus cuya pasión por la naturaleza humana es tan grande que un día decidieron arriesgarse a vivir en tierra firme y ahora se ocupan de transmitir diariamente sus ideas. Algunos son profesores en escuelas e institutos, otros trabajan en ONG y unos pocos se han infiltrado en partidos políticos, pero evidentemente no pueden subir de rango porque los de arriba no se lo permitirán nunca. Ten —dijo la emperatriz haciendo aparecer un libro de la biblioteca del palacio cuyo contenido había releído cientos de veces—, si te interesa tanto este tema, este libro te gustará. Es de un profesor de la universidad de Ciudad Platina* al que tengo en gran estima.
Edeline echó una ojeada rápida a la contraportada y leyó de pasada algunos detalles sobre el autor.
—¿Existen estudios universitarios sobre la raza humana?
—Sí, así es. Los alumnos de esa disciplina estudian historia universal, derecho, sociología, etcétera.
—Entonces, creo que ya sé qué quiero estudiar después del instituto. Gracias, Adriana —ella le sonrió cariñosamente.
—En fin, creo que no nos queda mucho tiempo. Sólo deciros que, aunque es una ceremonia importante para la comunidad mágica, no debéis poneros nerviosos. Es una ceremonia sencilla, por eso no ha habido ensayo que valga. A las cuatro, después de almorzar, os daremos algunas instrucciones y punto. Mi cuñada, la esposa del hermano de Donald, se ha ofrecido a ayudaros con el vestuario, así que acudiréis con ella para arreglaros. Dejadlo en sus manos porque es toda una profesional de la belleza. Y no sé si me olvido de algo…
—Después de la ceremonia, cariño —le recordó el emperador.
—¡Es verdad! Gracias, Donald. Después de la ceremonia, tendréis media hora para respirar y luego saldremos todos a dar un paseo por Aureus. Durante la semana próxima, además, visitaremos cada una de las ciudades para presentaros a todos los magus. Vuestros padres podrán acompañaros si así lo desean. Será como ir de turismo en familia.
—¿Y ya podrán alojarnos a todos? —quiso saber la señora Wenberger.
—El espacio no será un problema, las embajadas suelen tener decenas de habitaciones libres. No son tan grandes como el palacio de Aureus, pero lo suficiente para acoger a un gran número de familias.
—Este palacio es gigantesco y laberíntico. Ayer casi me perdí —dijo el hermano pequeño de Derek sin vergüenza.
—Sí, ya lo sabemos que es muy grande. Por eso propusimos a nuestros amigos para compartirlo cuando Donald y yo nos trasladamos a vivir aquí. Residir sólo en compañía de las consejeras nos causaba demasiada soledad. Afortunadamente, nuestros amigos aceptaron venirse a vivir con nosotros. Somos una gran familia.
—Yo creo que tu bisabuela construyó semejante coloso por si algún día toda la población de Aureus debía refugiarse dentro —bromeó el emperador.
—Quién sabe… —aceptó riendo.
Poco después llamaron a la puerta para reclamar la atención de la emperatriz. Se levantó y todos la imitaron por instinto.
—Adriana, ¿te esperamos para comer? —le preguntó su marido.
—Si veis que me retraso más de diez minutos, empezad sin mí, no os preocupéis. Intentaré llegar a tiempo de todas maneras.
—De acuerdo, como quieras. Hasta luego.
La emperatriz se marchó y el emperador se ocupó de despedir a las familias y a los protagonistas de la ceremonia.
—Si prefieren comer en privado para compartir el tiempo que queda, no duden en comunicarlo a la cocina. Las cocineras son muy amables y les servirán el almuerzo en la habitación o donde más les apetezca.
—Muchas gracias —contestaron ellos.

*Ciudad Platina es el nombre original, pero al reescribir la primera parte, lo cambié (Aureus era Ciudad Dorada). Desafortunadamente, no recuerdo el nuevo nombre y ahora no tengo acceso a la fuente para recuperarlo.