Todas las clases de cultura empezaban siempre con reflexiones sobre lo que había ocurrido recientemente. Santi solía traer artículos de periódicos y revistas o grabaciones de los telediarios. Otras veces, traía libros, clásicos o actuales, y nos leía pasajes con la intención de hacernos deducir paralelismos con la vida real o moralejas.
Aquel día, sin embargo, fuera lo que fuera lo que hubiera traído preparado, no hablamos de eso, sino de mitología. Alguien comentó que había oído mencionar a sus padres una expresión relacionada con una caja que le era muy familiar a pesar de no saber qué significaba.
―¿La caja de Pandora? ―propuso Santi.
―Sí, ésa. ¿Qué significa?
Pero Santi no respondió y devolvió la pregunta a la clase. Maia fue la única en responder. Víctor, en cambio, susurraba la expresión convencido de que él también la había oído en algún lugar.
―Creo que tiene algo que ver con los dioses griegos…
―¡Hércules! ―exclamó Víctor sorprendiendo a toda la clase e interrumpiendo a Maia.
―Bueno, la historia no habla precisamente de Hércules, pero… ―empezó a decir nuestro tutor.
―No, no quería decir eso. Sólo que me sonaba de algo y ahora me he acordado de qué. El otro día dieron en la tele la película de Hércules, la de Disney, y Hades, el dios malo, mencionó esa caja ―explicó Víctor.
―Bien, me alegra que tu aportación haya confirmado lo que Maia decía, aunque la próxima vez procura que tu intervención no interrumpa la de los demás ―le aconsejó sin tono de reproche alguno. Víctor asintió ruborizado y pidió perdón por su comportamiento―. Efectivamente, la caja de Pandora es una historia que forma parte de la mitología griega, como la de Hércules, Afrodita, Zeus... Os suenan esos nombres, ¿no?
―Afrodita es la diosa de la belleza ―contestó una niña.
―Y Zeus, el rey de los dioses, el que lanza los relámpagos ―añadió otro.
―Muy bien, veo que algo entendéis de mitología. Pero, para explicaros la historia de Pandora, hará falta situarse un poco, así que voy a mandaros a buscar algunas fuentes de información. ¿Voluntarios?
Casi todos levantamos la mano, como de costumbre, y Santi nombró a los que no recordaba haber señalado recientemente, yo entre ellos. Los elegidos formamos una cola a lo largo de la pizarra y esperamos a recibir el encargo.
Al compañero que había delante le mandó ir a buscar la película de Hércules a la videoteca y a mí un libro que se titulaba Los mitos griegos.
―No corráis mucho o molestaréis a las demás clases ―nos advirtió antes de salir.
Los cuatro alumnos a los que nos había encomendado ir a la biblioteca caminamos juntos tan rápido como fue posible. Cuando llegamos, había un grupo de tercero haciendo un trabajo, así que nos dirigimos a los ordenadores silenciosamente para buscar en el catálogo lo que nos habían pedido.
Tecleé el título del libro en la ventana correspondiente y esperé los resultados. Sólo había un ejemplar, así que arranqué un papel del bloc de notas que había al lado y usé un bolígrafo de la biblioteca para apuntar en él el topográfico, el código que me revelaría dónde se encontraba.
Fui al pasillo de los 200 y reseguí con los dedos los lomos de los libros de la estantería correspondiente hasta encontrar el mío, que resultó estar dividido en dos volúmenes. Como no sabía cuál le interesaría, decidí coger los dos.
―Los mitos griegos… de Robert Graves ―susurré mientras pasaba las páginas del primer volumen dejándolas correr bajo mi pulgar. No era muy grande pero tenía dos dedos de grosor. Los capítulos, sin embargo, eran cortos. El nombre del autor me sonaba, como si alguien lo hubiera mencionado recientemente, quizás en verano, cuando mi madre y Xavi nos llevaron a Mallorca.
Volví a recepción y le pregunté a la bibliotecaria si podía coger prestado aquellos libros para una clase. Ella asintió y me pidió que le indicara mi nombre y el del profesor responsable. A continuación, leyó el código de barras con un lector y frotó ambos libros sobre una superficie negra que desactivaría la alarma magnética. Lo último fue devolverle el papel en el que había apuntado el topográfico para reciclarlo. Seguramente alguien lo reutilizaría con el mismo objetivo que yo.
Cinco minutos después, estaba de vuelta en clase con otro compañero. Santi estaba colgando sobre la pizarra un mapa geográfico del sureste de Europa que una amiga de Maia había ido a buscar al archivo cartográfico que había dentro de la biblioteca.
En él se veían el tacón de la bota de Italia, Grecia, Albania, Macedonia, Bulgaria y Turquía, países limitados al sur por el mar Mediterráneo y por el mar Jónico y el mar Egeo a este y a oeste respectivamente. Memorizar geografía no era lo mío, pero con un mapa al frente me situaba bastante bien.
Cuando todos hubimos regresado, Santi desplegó una vara metálica y señaló una cadena montañosa que daba al Egeo.
―El Monte Olimpo es la montaña más alta de Grecia y mide casi tres mil metros de altura. Allí arriba, como muchos sabréis, era donde los dioses griegos vivían.
―¿Y Pandora vivía allí también? ―preguntó alguien con impaciencia.
―Pandora no era una diosa ―corrigió Santi inmediatamente―. Era una mujer, la primera mujer humana, y fue creada por un dios griego llamado Hefesto.
La mitología griega, como muchas otras, era una historia extremadamente enmarañada por la cantidad de personajes que interactuaban en diferentes relatos. Había muchos mitos y todos estaban relacionados como una tela de araña: un punto central representaba el inicio y, a partir de éste, se desarrollaban cientos de hilos argumentativos conectados entre sí. Era como un culebrón suramericano de innumerables capítulos con un toque épico y unas gotas de fantasía. Por eso Santi destinaría una parte de la pizarra a apuntar las ideas principales de lo que yo leería a continuación.
El mito de Pandora empezaba con Prometeo, considerado por muchos un titán cuyo nombre significa prudencia. Él era el creador de la humanidad y el responsable de velar por los hombres.
Un día, Prometeo metió en un saco los huesos de un toro muerto y los cubrió con grasa para hacer creer a Zeus que aquél era el saco con la ofrenda habitual para los dioses. Zeus cayó en el engaño y se enfureció al ver cómo el titán se reía de él a sus espaldas, así que le castigó privando a los hombres del fuego.
Prometeo, sin embargo, que no podía dejar que los hombres comieran la carne cruda, se coló en el Olimpo gracias a la ayuda de Atenea (diosa de la guerra que inventó el barco y enseñó matemáticas por primera vez) y robó el fuego para devolvérselo a la humanidad.
Zeus juró vengarse y ordenó al dios Hefesto que creara una mujer de arcilla que reuniera como cualidades los dones de todos los dioses del Olimpo. Pandora era su nombre y fue entregada como regalo a Epimeteo, el hermano de Prometeo. Epimeteo rechazó el presente, pues su hermano le había aconsejado que no aceptara nada que proviniera de Zeus.
Una vez más, Zeus estaba furioso y mandó encadenar a Prometeo a una montaña, donde un buitre le desgarraría el hígado todos los días un año tras otro. Prometeo sufrió una bárbara tortura, pues no sólo estaba expuesto al frío, a la lluvia y a la nieve, sino que, además, el hígado no dejaba de crecer por muchas veces que el ave se lo arrancara.
―Permitidme añadir un detalle ―dijo Santi interrumpiendo mi lectura―. Antes os he dicho que Hércules no salía en la historia de Pandora, no al menos como protagonista, pero sabed que fue él, el mismo Hércules cuya historia cuenta la película de Disney, quien salvó a Prometeo de aquella tortura matando al buitre en cuestión. Aunque esto ocurrió mucho más tarde.
―¡Jolines! ―exclamó un alumno― La mitología griega es un verdadero enredo.
Poco después, nuestro tutor me invitó a continuar leyendo y yo proseguí desde donde había señalado con el dedo al detenerme para no perder de vista la línea.
Mientras Prometeo agonizaba, Zeus, para justificar su crueldad, hizo correr un falso rumor: decía que Atenea había invitado a Prometeo al Olimpo para seducirle y que por eso le había castigado.
Epimeteo, creyendo que su hermano era muy afortunado, cambió de idea y tomó a Pandora por esposa. Al cabo de un tiempo, Pandora, bella como Afrodita pero curiosa y cínica como el dios Hermes, abrió una caja prohibida en la que Prometeo había encerrado todos los males que podían infestar la humanidad, males como la vejez, la enfermedad, la fatiga, la locura, el vicio o la pasión. Éstos salieron en forma de nube, atacaron a Epimeteo y a Pandora y se extendieron entre los hombres. En esa caja, no obstante, Prometeo también había guardado la Esperanza y fue gracias a ella que los hombres aprendieron a soportar el mal que les rodeaba.
Cuando terminé de leer mi trozo, Santi preguntó si lo habíamos entendido todo y animó a que los demás voluntarios compartieran con la clase la información que habían ido a buscar.
Unos leyeron pequeñas versiones en las que, por ejemplo, Epimeteo, el hermano de Prometeo, se enamoraba de Pandora y aceptaba el regalo de Zeus a la primera. Otras contaban que la caja era en realidad una tinaja y que, con el paso del tiempo, a causa de la influencia de un escritor llamado Erasmo de Rotterdam, la expresión había pasado a llamarse «la caja de Pandora».
El mito de Pandora quedó entendido y consabido media hora más tarde y nuestro tutor procedió a iniciar un pequeño debate sobre si creíamos que el origen de todos los males podía estar en una sola mujer o no. Todos coincidimos, al final, en que era una idea muy surrealista y más bien misógina. También hablamos de las diferencias entre un mito, un cuento fantástico y una historia real.
―Por eso, cuando hoy en día se utiliza esa expresión, es porque alguien tiene intención de tocar algo que es potencialmente peligroso, que podría traer consecuencias desagradables, sean del tipo que sean.
Cinco minutos antes de las once, mientras recogía el mapa y borraba los apuntes de la pizarra, nombró una lista de posibles deberes. Esta vez tendríamos que reflexionar y escribir.
―Para los que os hayáis quedado con ganas de ver la película, podéis escribirme una hoja describiendo las diferencias entre la historia de Hércules narrada por los libros y la historia que cuenta la película. Ya veréis que son bastante distintas.
―¿Y dónde encontramos la otra historia?
―No sé, en algún libro de mitología como los que os he enseñado, en una enciclopedia, en Internet, etc. Hay muchas fuentes de información, sólo hay que buscar la más fiable y conveniente. Tenéis toda la biblioteca a vuestra disposición.
―¿Y los que no queramos hacer eso? ¿Hay otras opciones?
―Sí, claro. Podéis escribir un texto argumentativo en el que expliquéis los motivos de la conclusión a la que hemos llegado con el debate. También podríais redactar un ensayo en el que analicéis si la historia de Eva, la primera mujer según la religión cristiana, es un mito como el de Pandora o no. O incluso podéis elegir otro personaje mitológico, no importa si es griego, romano, nórdico o japonés y contarme su historia con vuestras propias palabras.
Santi terminó de limpiar la pizarra, recogió sus cosas de la mesa y los libros de la biblioteca y se acercó a la puerta para salir y dejar paso al siguiente profesor.
―Elegid un tema y el viernes me entregáis lo que hayáis hecho, ¿vale?
A las cinco y media de la tarde, todos nos dirigimos a la salida del colegio. Algunos decían que ya sabían de qué iban a hacer la redacción de cultura.
Carles, el compañero que se sentaba delante de mí y solía quedarse conmigo mientras ambos esperábamos a que nuestras madres vinieran a buscarnos, me reveló que él iba a hablar de Loki, el dios nórdico del caos. Loki era el protagonista de una serie de anime que su hermano se había descargado de un portal de dibujos animados japoneses doblados al catalán. Era una serie que habían dado en televisión y le había gustado mucho, así que había decidido descargársela para guardarla y poder verla tantas veces como quisiera.
Al marcharse Carles, recibí un sms de mi madre en el que me advertía de que llegaría media hora más tarde. Rezongué fastidiado porque mi estómago estaba hambriento, pero me levanté y fui directo hacia la videoteca. No quería perder el tiempo mirando las musarañas. Busqué la película de Hércules y me puse a verla en un reproductor individual con auriculares para no molestar a nadie. Antes, sin embargo, contesté a mi madre y le advertí de a dónde había ido para que no se asustara: «Buskm nla videotk dl cole».
Mi madre apareció, efectivamente, media hora más tarde y casi me dio un susto de muerte cuando me tocó en el hombro desde atrás. No la había oído entrar. Interrumpí la reproducción del DVD, devolví la película y me marché con ella. Si al final decidía hacer la comparación entre las historias de Hércules, acabaría de verla en casa.
―Mamá, ¿sabes quién es Robert Graves? ―le pregunté de camino a casa, en el coche― Esta mañana he leído en clase unas páginas de un libro suyo y el nombre me suena de algo.
―¿Robert Graves? Claro que te suena, visitaste su tumba este verano, cuando fuimos a Deià, aquel pueblecito de Mallorca con calles tan empinadas.
―¡Es verdad! Estuvimos en un minicementerio y dijiste que era la lápida donde había un hippy que parecía estar rezando, ¿no?
―Debía de ser alguien que adoraba su poesía ―contestó riendo.
―¿Era poeta entonces?
―Un poeta inglés, sí. ¿Qué es lo que has leído de él en clase? ―quiso saber.
―Un libro sobre mitología griega. Santi nos ha contado la historia de la caja de Pandora. Y ahora tengo que elegir qué deberes hacer.
Le enumeré las opciones a escoger y ella no supo proponerme otra cosa que hacerlos todos.
―No tengo tiempo ―le respondí.
―No hace falta que los escribas todos. Busca simplemente la información. Muévete por la curiosidad, cariño. Si te dejas llevar por ella con precaución, aprenderás mucho en la vida.
―Mamá, no eres mi profesora ―protesté―. Deja tus consejos para las reuniones familiares.
―Pero soy tu madre y las madres aconsejan siempre, aunque sus hijos no les hagan ni puñetero caso.
―Tengo que tomar una decisión muy importante. Déjame en paz.
―De nada ―añadió a propósito segundos después.
―Gracias… ―respondí yo a regañadientes.
Apoyé la cabeza en la ventana e intenté reflexionar sobre mis deberes.
La comparación con el personaje cristiano de Eva, la primera mujer creada por Dios a partir de una costilla de Adán, el primer hombre, era una posibilidad. Al menos, mi madre me ayudaría seguro porque siempre que salía, en el periódico o en el telenoticias, alguna novedad negativa sobre la religión y la Iglesia , ella aprovechaba para criticar sus fundamentos.
Teníamos dos biblias en casa, una para niños y otra para adultos; nos las había regalado una prima suya católica practicante el día de mi nacimiento a sabiendas de que mi madre no me iba a bautizar. Mi madre las aceptó con resignación, pero más tarde comprendió que sería útil tener un ejemplar a mano para cuando quisiera demostrarme las incongruencias entre lo que creían los creyentes fervorosos y lo que decía el libro sagrado que era los cimientos de la religión cristiana.
También teníamos un Corán, un Tanakh (la Biblia hebrea), una recopilación de los escritos de Confucio y otra de textos budistas. Mi madre los usaba como libros de consulta, por si algún día tenía que escribir un artículo en el que se mencionara algo sobre alguna de esas religiones. Un día u otro, los acabaría usando yo también, más que nada porque en la asignatura de Religiones y Filosofía hacíamos muchos trabajos.
Religión… La idea que mi madre me había inculcado sobre la religión era complicada. No es que la odiara, porque decía que cualquier religión tenía rasgos positivos (como lo de promover la paz y el amor), pero detestaba las mentiras de las que el ser humano las había revestido.
Alguna vez, incluso, había insinuado que quienes estaban detrás de medidas tan machistas como que las mujeres no podían ser madres sin un hombre o ideas tan retrógradas como que el sexo sólo podía practicarse con la intención de tener hijos eran seguramente mentes masculinas resentidas, es decir, hombres que habían sufrido una mala experiencia sentimental por culpa de alguna mujer, y así era como habían elegido dar rienda suelta a su venganza, promoviendo conceptos misóginos a más no poder.
Aunque esa opinión sólo se la había oído una vez en que había acudido a una boda en la que el cura había comentado indirectamente que las madres solteras eran una blasfemia. Y claro, eso, a mi madre, le había afectado mucho, pues ella me había dado a luz cuando todavía no había conocido a la persona con la que compartiría su vida: el padre de Àlex.
Me había explicado que nuestra situación era singular, pero no por eso más o menos moralmente correcta. Mi padre biológico era un amigo de mi madre, al que conocía y me caía bien, pero mi verdadero padre era mi abuelo, pues a Xavi sólo hacía tres años que le había conocido y, aunque me trataba como a un hijo, no lo tenía por un padre, sino por una especie de tío. Mis abuelos eran quienes habían ayudado a mi madre a criarme y yo lo sentía como un recuerdo sin imágenes que flotaba en mi interior. Era sólo una sensación, pero para mí tenía mucho valor.
Una vez entendida la práctica del sexo y sus diversos objetivos, por fin comprendía la decisión que había tomado mi madre cuando era joven. A lo largo de mi vida, ella había intentado responder a mis preguntas con la verdad por delante pero sin escandalizarme. Ahora todo cobraba sentido.
Para tener un hijo hacía falta semen de un hombre, óvulos de una mujer y un útero en el que el bebé pudiera vivir durante el embarazo. Mi madre tenía el óvulo y la casa, pero le faltaba el semen y para eso recurrió a un amigo que aceptó compartirlo con ella.
¿Por qué no se esperó a encontrar a Xavi? Porque el tiempo se le acababa, me había dicho. No es recomendable que las mujeres tengan hijos a partir de los cuarenta años (es lo que llaman el reloj biológico) y ella tenía treinta y cinco cuando había decidido que no podía esperar tanto para encontrar a alguien que compartiera su idea de eterno amor no platónico.
Cuando dos personas se aman, según ella, se aman no por una fuerza superior incomprensible como es el destino, sino por sus respectivas maneras de ser, por la capacidad de convivencia y semiadaptación a la forma de pensar y hacer del otro, por tener espíritu de superación para solucionar los problemas conjuntamente, por el mutuo respeto. El amor platónico suele darse al principio de una relación y en determinados momentos a lo largo de la vida conyugal; no es ni mucho menos eterno como cuentan los cuentos de hadas. Además, hay que cuidarlo, porque, si no, puede extinguirse y no volver a arder.
Así pues, yo tenía un padre biológico y un padre verdadero que no eran la misma persona, pero no me sentía solo y anormal. Mi madre era la mejor del mundo y yo nunca le reprocharía que hubiera esperado a casarse para tenerme, porque quizás tampoco habría sido yo el que hubiese nacido, sino otro con el semen de Xavi.
Aun así, aunque mi madre me había dado todo su amor y me había dedicado más tiempo del que se podía permitir, la Iglesia consideraba su decisión totalmente inmoral.
No obstante, yo no había sostenido esa opinión desde el principio. Cuando todavía estaba en primaria, me peleé con un niño de mi clase que, jugando a fútbol, chutó la pelota por propia iniciativa y falló en marcar el gol cuando el equipo había decidido una táctica diferente.
Yo le acusé de haber hecho lo que le había dado la gana y él, cuando se le terminaron los argumentos futboleros, empezó a insultarme aludiendo a mi condición familiar.
Me llamó imbécil, huérfano y hereje entre otras cosas. En un primer momento, no entendí qué significaba aquella palabra ―y él tampoco seguramente―, pero él continuó con su sarta de insultos para ganar credibilidad. Mis amigos no supieron cómo responder y yo no supe contestar por qué no tenía un padre como los demás sin rebajarme a su nivel. Me sentí raro, diferente, mutante, marginado y un montón de sensaciones más que ahora atribuiría al desconocimiento que tenía de aquel tema. Incapaz de pegarle en venganza de lo que había dicho, salí corriendo antes de que el entrenador pudiera alcanzarme.
Por la tarde, le conté a mi madre lo que había ocurrido y, a la mañana siguiente, estaba ella en el colegio exigiendo a la dirección que castigaran a mi compañero por lo que había dicho. El director le dijo que lo único que podían hacer era reprenderle por los insultos, dado que la institución no tenía una moral establecida en cuanto a ese tema y no podían castigar a nadie por sus opiniones personales, así que mi madre decidió actuar por cuenta propia.
Se fue a trabajar y, a la hora de recogerme, volvió y me pidió que le acompañara hasta donde estaba ese niño que me había insultado. Yo no quería que hablara con él por miedo a parecer un cobarde que acude a su mamá cada vez que alguien le insulta, pero ella me arrastró de la mano y me obligó a presenciar el sermón que le dedicó.
El niño la escuchó asustado al principio, pero su propia madre llegó poco después y la guerra estalló. Ambas progenitoras se enzarzaron en una pelea sobre moralidad cuyo eco retumbó en todo el colegio y el niño y yo y nuestra pelea quedamos casi en segundo plano.
Después de aquello, mi madre intentó hacerme entender la diferencia entre un padre biológico y un padre de verdad, pero yo no la entendí y la culpé de todo el antagonismo que había provocado entre padres y alumnos. Lloré y la hice llorar porque no entendía nada, porque no quería ser diferente y destacar por algo que a priori parecía negativo. Me prometí a mí mismo que no volvería a contarle nada de lo que me sucediera en el colegio. Pero nunca lo cumplí.
Pasó mucho tiempo hasta que comprendí que un padre no se valoraba por su sexo ni por su estado civil (alguien casado con una mujer y con hijos), sino por su capacidad de transmitir amor al hijo y su dedicación para educarle en los principios de la vida. Normalmente había dos padres porque era muy duro criar a un hijo solo.
Cuando mi madre me dio esta definición un día en que estaba más tranquilo, le pregunté si yo tenía a alguien como el que había descrito. Ella me contestó que mi abuelo era lo más parecido, puesto que se había ocupado de mí en incontables ocasiones cuando a ella le había resultado imposible atenderme. Me advirtió, sin embargo, que no le dijera nada a mi abuelo porque no quería provocar disputas con mi abuela, pues adjudicándole aquel papel solamente a él, menospreciaba en cierto modo el tiempo que mi abuela me había dedicado también.
De esta forma, asimilé que mi padre no era como el de los demás, pero no por eso peor ni mejor. Yo seguí llamando iaio a mi abuelo y me olvidé del vocativo papá. Lamentaría no poder decirlo como cualquier otro lamentaría la ausencia de algo que quiere y no puede poseer. Sería difícil pero no me quedaba otra opción.
En fin, la Iglesia creía muchas cosas con las que ni mi madre ni yo estábamos de acuerdo y la historia de Eva era otra de ellas. Era tan machista la idea de que Dios la hubiera creado a partir del hombre que hasta me parecía totalmente inventada, como si hubiera sido un escritor de literatura quien la hubiera concebido. ¿Cómo alguien había podido decir semejante cosa cuando estaba demostrado que eran las madres las que daban a luz a los futuros hombres y mujeres del mundo? ¿Tan diferente a los demás partos podía haber sido el que dio comienzo a la humanidad? Es más, ¿había habido un primer hombre y una primera mujer? Y, en ese caso, ¿quiénes habían sido? Más tarde descubrí que preguntas como las que me había planteado yo eran la motivación de muchas carreras profesionales, estudios científicos e incluso religiones. Era como si la sociedad en que vivíamos hubiese empezado con mil preguntas como aquéllas.
Mi madre me ayudó a desconectar de una reflexión tan profunda que hasta me había provocado dolor de cabeza. Casi habíamos llegado a casa cuando me propuso si quería conocer a Afrodita, a Hermes y a otros dioses griegos que vivían en Barcelona.
―¿Cómo que viven? Los dioses no son personas. Además, si vivieran en algún lado, tendría que ser en Grecia, no aquí, ¿no?
―¿Quieres verles o no? ―insistió ella.
―S-sí, claro… ―contesté sin más remedio.
―Entonces iremos el sábado, aprovechando que tengo que ir a El Corte Inglés de plaza Cataluña a devolver algo.
Dicho y hecho. El misterio de los dioses no se resolvió hasta el sábado, cuando ya había entregado mi redacción de cultura. Al final la hice de Freya, la diosa nórdica de la belleza, y la comparé con Afrodita y otras diosas de otras religiones, pues resumir en una o dos hojas lo que creía sobre el personaje de Eva lo había tachado de misión imposible. Lo hice por cambiar de tema también, le había dado demasiadas vueltas.
Víctor comparó las dos versiones de Hércules y, después de entregar los deberes, me estuvo hablando de la cantidad de diferencias que había. Yo me quedé alucinado y me pregunté por qué Disney había mentido tanto en lugar de hacer una historia más parecida. Pensé en lo desastroso que podía resultar algo así, pues si todo el mundo adaptara las historias y las anécdotas sólo para que otros las entendieran, todo lo que ocurre sería falso al final y viviríamos rodeados de mentiras… ¿piadosas?
El caso es que mi madre me llevó a El Corte Inglés con ella a devolver una falda que no le iba bien. Luego me compró un brioche y nos dirigimos binoculares en mano al centro de la plaza, desde donde observamos las estatuas de algunos dioses.
Parecíamos guiris y yo tenía vergüenza, pero me olvidé de ella cuando mi madre empezó a contarme algunas curiosidades, como que la palabra «hermafrodita» provenía de un ser mitológico llamado Hermafrodito, hijo de Hermes y Afrodita, que era hombre y mujer al mismo tiempo. Gracias a su explicación, entendí por qué decían que los caracoles eran hermafroditas, ya que éstos tenían testículos y ovarios dentro de un mismo cuerpo aunque no los usaran a la vez. Los caracoles cambiaban de sexo y a veces eran hembras y otras, machos.
Parecíamos guiris y yo tenía vergüenza, pero me olvidé de ella cuando mi madre empezó a contarme algunas curiosidades, como que la palabra «hermafrodita» provenía de un ser mitológico llamado Hermafrodito, hijo de Hermes y Afrodita, que era hombre y mujer al mismo tiempo. Gracias a su explicación, entendí por qué decían que los caracoles eran hermafroditas, ya que éstos tenían testículos y ovarios dentro de un mismo cuerpo aunque no los usaran a la vez. Los caracoles cambiaban de sexo y a veces eran hembras y otras, machos.